30 mayo 2026

Nuestro querido DNI verde


¿Novedades? ¿Qué es eso? ¡No queremos rock, queremos covers!

Esa es la conclusión a la que llegué después de pensar la cercanía -en su aparente lejanía- de dos declaraciones públicas recientes. La una: “Los quiero escuchar cantar ahí atrás, ahora sí. ¿Silbaban muchísimo? ¡A cantar!”. Así respondía Fito Páez a los abucheos recibidos en su show en Buenos Aires el pasado miércoles 20 de mayo, cuando interpretó de corrido su disco Novela y mientras la selva aullaba pidiendo 11 y 6, Mariposa Tecknicolor, El amor después del amor, Al lado del camino o Llueve sobre mojado, por nombrar los cinco hits de Páez que el algoritmo registra, mientras escribo estas líneas, con 733.038.495 reproducciones en la plataforma Spotify. La otra: “Vamos a interpretar un tema del disco Tierra del fuego, el primero que hicimos sin Federico. No sé por qué es tan poco escuchado, si es tan lindo”. Así advertía Marcelo Moura a la platea en la noche del 29 de mayo, entre culposo y orgulloso, que iban a interpretar “Un amor inhabitado”, tema fuera del set-list bailable y coreable de Virus. De paso arengó -sin duda haciéndose eco de los dichos de Fito- : “Miren que todavía pueden aprenderla, ¿eh?” (disclaimer: las palabras exactas podrían no haber sido esas, pero el sentido sí).


Pregunto sinceramente: ¿cuándo fue que comenzamos a envejecer musicalmente? Aparentemente la longevidad que le está reservada a nuestra generación, contrasta con su propia capacidad de procurarse novedades. Y preocupa. Con una expectativa de vida de noventa años, nos quedan alrededor de cuarenta más escuchando hasta el hartazgo los recuerdos musicales de la adolescencia y de la primera juventud. Y no, no estoy en contra de “cantar una que sepamos todos” (después de todo, son memorias en común) sino angustiado por nuestra pérdida generacional por la curiosidad. Me dirán que mi razonamiento no es nuevo y que este fenómeno excede los nombres, bandas e incluso los parajes musicales a los que me refiero, y puede que sea cierto. Pero no reduce en lo más mínimo nuestra responsabilidad de pensar “¿qué está pasando aquí?”.


Los últimos cinco recitales a los que asistí hablan menos de mis gustos que de la oferta disponible en materia musical, y de la retromanía que nos invade. La cultura rock&pop parece obsesionada con su propio pasado: Fito Páez “El amor 30 años después del amor”, Miguel Mateos “Rockas Vivas 40 aniversario”, Virus “Locura 40 aniversario”, Los Fabulosos Cadillacs “40 aniversario” y con título más etéreo -pero no menos elegíaco- Soda Stereo “Ecos”. Más allá de dar cuenta de la asombrosa coetaneidad de grandes creadores, de la aún más notable vigencia de ciertas obras, y del obvio uso de los números redondos como excusa para gestar recitales masivos (¡ay, el marketing de la nostalgia!), este listado me deja varios interrogantes. Del lado del público: cuántos oyentes conocen obras recientes de esas mismas (u otras) bandas, y cuántos de ellos están dispuestos a moverse de su espacio de confort -como suele decirse- para incorporar novedades. Del lado de los artistas: cuántos tienen la posibilidad de mostrar su evolución musical en vivo o en estudio, y cómo se adaptaron a los evidentes cambios en el sistema de producción y consumo musical de los últimos, digamos, veinte años. Entre 2005 y 2006 se crearon las dos plataformas que cambiarían nuestra forma de consumir música (YouTube y Spotify) aunque al menos cinco años antes la industria ya estaba en jaque con la aparición de Napster, punto de inflexión tecno-económico cuyo análisis está más allá de los fines de estas líneas.


Por eso, mejor volvamos a Tucumán, mayo de 2026. “No queremos rock, queremos covers”, dijimos, como una consigna leída entre líneas. Pero pensándolo bien, ni siquiera eso. Todos sabemos que un cover es una grabación (o interpretación en vivo, claro) que sin cambiar la letra de la canción, y sin modificar su estructura, deja reconocer tanto la versión original como las marcas propias de quien la interpreta y actualiza. Marcas de singularidad, como las de Soda al reinterpretar “Trátame suavemente” de Melero (dato curioso: Fede Moura quería hacer un cover de ese tema con Virus, pero finalmente se lo cedió a Cerati quien lo hizo más conocido que el original), o cruzando el charco los trazos personales de Kurt Cobain al tocar con Nirvana “The Man Who Sold the World” de Bowie en su histórico (y rechazado por puristas grunge) MTV Unplugged. En esos covers, y en muchos otros más, aparece el artista. Tanto el que trazó las pautas, como el que dejó de respetarlas para poder honrar la música que hay detrás. Distinto es el caso de lo que llaman en la jerga de la producción musical, los covers “sound-alike”. Estos, al hacerse indistinguibles de la versión original, escamotean al oyente el hecho de que quien tenemos al frente no es ni el compositor ni el intérprete que desearíamos que esté. Claro, si se trata de una banda tributo -como se las denomina ahora- no habría grandes inconvenientes. Pero pedirle a Moura, a Miguel Mateos, a Vicentico o al propio Fito que toquen sus temas como si estuvieran congelados, como si el tiempo no hubiera pasado -para ellos ni para nadie- es una pesada carga que no les corresponde. Es a nosotros a quienes nos toca asumir la edad, sacar nuestro gastado DNI verde del bolsillo trasero del jean, y dejar de buscar la juventud perdida en merchandising premium, reediciones de lujo y vinilos reeditados (¡y con precios en dólares!).


La curiosidad rara vez desaparece por completo, aunque la telaraña de hábitos y costumbres a veces parezca haberla tapado. Por lo pronto, comparto mi programa de trabajo para esta semana. Deseenme suerte. Uno, cambiar la elección algorítmica por un disco al azar (uso la palabra “disco” y me río, pero el lector/a sabrá perdonar y entender); dos, escuchar dejando la satisfacción inmediata (¿cuando nos gustó algo a primera vista/oída?); y tres, abandonar ese calorcito que nos produce la nostalgia. Me quedo para saborear al final, con una de las mejores estrofas del rock nacional escrita (¡cuándo no!) por el eterno Luis Alberto Spinetta: “Aunque me fuercen yo nunca voy a decir / Que todo tiempo, por pasado fue mejor / Mañana es mejor”. Y ya es mañana.-