19 abril 2026

Diego el Cigala: el duende de la voz rota

 

Con tres heridas yo: la de la vida, la de la muerte, la del amor.

Miguel Hernández


Por esas vueltas de la vida conocí a Diego el Cigala a través del jazz, la misma forma que, según cuenta él mismo, llegó a la fusión de géneros que lo catapultó en todo el continente. En los años noventa yo leía con esa pasión que nos da la juventud, todo impreso que llegara a mi alcance. Entre ese material se encontraban algunos ejemplares de los notables -y muy bien editados, dicho sea de paso- Cuadernos de jazz publicados en Valencia, y a través de los que conocí a los cubanos Bebo y Chucho Valdés (padre e hijo respectivamente) entre otros muchos músicos del género, que ahora no vienen al caso. Por eso, cuando en 2003 el Cigala vino a Buenos Aires a presentar su disco Lágrimas negras (un clásico del futuro) inmediatamente quedó su nombre asociado en mi memoria a la fusión musical, a la técnica vocal y -por supuesto- al cante jondo como “cristal con el que se mira” (o canta, en este caso). De esta forma quedaba constituido un imaginario triángulo entre España, Cuba y Argentina que, lejos de desaparecer aviones como el de las Bermudas, devolvía transformados todos los estilos musicales que quedaban atrapados en él.

Noventa años antes, este mismo vórtice depositaba a Federico García Lorca en las costas de color melena de león que agita el Plata, ya que el granadino venía a dictar una serie de conferencias a Buenos Aires que, meses después, también lo llevarían a La Habana. Una de las disertaciones más difundidas -y profundamente humanistas, si cabe subrayar- es “Teoría y juego del duende” dictada en el año 1933, donde nos dejó notables reflexiones que no puedo soslayar a la hora de pensar el espectáculo que brindó el Cigala el pasado 18 de abril de 2026, en un amplio escenario de calle Corrientes. Dijo el poeta en pasajes varios de la mencionada conferencia: El duende no está en la garganta; el duende sube por dentro desde la planta de los pies […] Manuel Torres, gran artista del pueblo andaluz, decía a uno que cantaba: ‘Tú tienes voz, tú sabes los estilos, pero no triunfarás nunca, porque tú no tienes duende’ […] Goethe, que hace la definición del duende al hablar de Paganini, dice: ‘Poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica’.

Ya en 2010, cuando estuvo varios meses en nuestro país grabando lo que sería su disco Cigala & Tango, el músico hizo grandes amigos locales que lo acompañaron en aquella ocasión: Andrés Calamaro, el guitarrista Juanjo Domínguez y el bandoneonista Néstor Marconi. ¿Hace falta decir, entonces, que lo que el Cigala lleva, mueve y traslada de los tablaos andaluces a calle Corrientes, sólo puede entenderse a través del duende? ¿Tiene otra explicación que más de tres mil espectadores griten, aplaudan, y coreen cual tribuna futbolera, durante la interpretación de un tango como “Garganta con arena”? No son las musas, diría Federico, ni los ángeles, sino el duende que corre por la sangre y pugna por salir, por llorar, pero no de tristeza sino de satisfacción por haberle ganado un día más a la muerte a través de la música.

Cicerón afirmó mucho tiempo atrás que gracias a la amistad “los ausentes están presentes, los débiles tienen fuerzas y, lo que resulta más difícil de decir, incluso los muertos viven”. Cómo dudar de su veracidad, si cada canción del Cigala volvió los ojos del auditorio hacia muchos que hoy ya no están… hablo de Mercedes Sosa, de Rocío Jurado, del ya mentado Bebo, de Cacho Castaña, de Rubén Juárez, entre tantos otros. Pero también hizo honor a otro pensamiento, también del orador romano, sobre la ternura mutua que se deben los amigos, cuando en esta ocasión eligió cantar acompañado por Coti Sorokin, por la guitarra de Luis Salinas y el notable bandoneón de Pablo Ahmad (que no era blanco). Y a propósito de este noble instrumento, hay quien supo escuchar en su resoplido tristezas sevillanas, pero aquí en San Telmo y regadas con vino Carlón. No es poca virtud.


De notas negras estuvo hecha la selección de temas, así como de quiebres, rubatos y suspiros la ejecución. El andamio musical del gitano fueron Jumitus Calabuch al piano (que se negó a replicar a Bebo y construyó su propia lectura y reinterpretó trajinados temas como “Lágrimas negras”), por Marco Niemitz “El Tataki de la Sierra” en el contrabajo, e Israel Suárez Escobar “Piraña” al frente de la percusión, a quien el propio Cigala definió cariñosamente como el “Camarón del cajón”.

Así, entre tangos, boleros y sones, nuestro gitano más latino -tan íntimo como apasionado- no hizo otra cosa que insistir, una y otra vez, en la vieja tarea del arte: darle forma sensible a las tres heridas que Hernández reconoció y que nos legó en su ya eterno poema. Y si al final algo quedó en el aire entre los presentes cuando las luces del Gran Rex ya se iban apagando una a una, fue la certeza de que, mientras haya una voz capaz de cantar así, la vida -con todo lo que eso significa- seguirá encontrando cómo (o mejor dicho con quién) decirse. Con duende.

Ciudad de Buenos Aires, abril de 2026




Texto publicado originalmente en El pájaro cultural N° 173, Salta, abril de 2026







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