Con tres heridas yo: la de la vida, la de la muerte, la del amor.
Miguel Hernández
Por esas vueltas de la vida conocí a Diego el Cigala a
través del jazz, la misma forma que, según cuenta él mismo, llegó a la fusión
de géneros que lo catapultó en todo el continente. En los años noventa yo leía
con esa pasión que nos da la juventud, todo impreso que llegara a mi alcance.
Entre ese material se encontraban algunos ejemplares de los notables -y muy
bien editados, dicho sea de paso- Cuadernos de jazz publicados en Valencia, y
a través de los que conocí a los cubanos Bebo y Chucho Valdés (padre e hijo
respectivamente) entre otros muchos músicos del género, que ahora no vienen al
caso. Por eso, cuando en 2003 el Cigala vino a Buenos Aires a presentar su
disco Lágrimas negras (un clásico del futuro) inmediatamente quedó su nombre
asociado en mi memoria a la fusión musical, a la técnica vocal y -por supuesto-
al cante jondo como “cristal con el que se mira” (o canta, en este caso). De
esta forma quedaba constituido un imaginario triángulo entre España, Cuba y
Argentina que, lejos de desaparecer aviones como el de las Bermudas, devolvía
transformados todos los estilos musicales que quedaban atrapados en él.Noventa años antes, este mismo vórtice depositaba a Federico García Lorca en las costas de color melena de león que agita el Plata, ya que
el granadino venía a dictar una serie de conferencias a Buenos Aires que, meses
después, también lo llevarían a La Habana. Una de las disertaciones más
difundidas -y profundamente humanistas, si cabe subrayar- es “Teoría y juego del duende” dictada en el año 1933, donde nos dejó notables reflexiones que no
puedo soslayar a la hora de pensar el espectáculo que brindó el Cigala el
pasado 18 de abril de 2026, en un amplio escenario de calle Corrientes. Dijo el
poeta en pasajes varios de la mencionada conferencia: El duende no está en la
garganta; el duende sube por dentro desde la planta de los pies […] Manuel
Torres, gran artista del pueblo andaluz, decía a uno que cantaba: ‘Tú tienes
voz, tú sabes los estilos, pero no triunfarás nunca, porque tú no tienes
duende’ […] Goethe, que hace la definición del duende al hablar de Paganini,
dice: ‘Poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica’.
Ya en 2010, cuando estuvo varios meses en nuestro país
grabando lo que sería su disco Cigala & Tango, el músico hizo grandes
amigos locales que lo acompañaron en aquella ocasión: Andrés Calamaro, el
guitarrista Juanjo Domínguez y el bandoneonista Néstor Marconi. ¿Hace falta
decir, entonces, que lo que el Cigala lleva, mueve y traslada de los tablaos
andaluces a calle Corrientes, sólo puede entenderse a través del duende? ¿Tiene
otra explicación que más de tres mil espectadores griten, aplaudan, y coreen
cual tribuna futbolera, durante la interpretación de un tango como “Garganta
con arena”? No son las musas, diría Federico, ni los ángeles, sino el duende
que corre por la sangre y pugna por salir, por llorar, pero no de tristeza sino
de satisfacción por haberle ganado un día más a la muerte a través de la
música.
De notas negras estuvo hecha la selección de temas, así como
de quiebres, rubatos y suspiros la ejecución. El andamio musical del gitano
fueron Jumitus Calabuch al piano (que se negó a replicar a Bebo y construyó su
propia lectura y reinterpretó trajinados temas como “Lágrimas negras”), por
Marco Niemitz “El Tataki de la Sierra” en el contrabajo, e Israel Suárez Escobar “Piraña” al frente de la percusión, a quien el propio Cigala definió
cariñosamente como el “Camarón del cajón”.
Así, entre tangos, boleros y sones, nuestro gitano más
latino -tan íntimo como apasionado- no hizo otra cosa que insistir, una y otra
vez, en la vieja tarea del arte: darle forma sensible a las tres heridas que
Hernández reconoció y que nos legó en su ya eterno poema. Y si al final algo
quedó en el aire entre los presentes cuando las luces del Gran Rex ya se iban
apagando una a una, fue la certeza de que, mientras haya una voz capaz de
cantar así, la vida -con todo lo que eso significa- seguirá encontrando cómo (o
mejor dicho con quién) decirse. Con duende.
Ciudad de Buenos Aires, abril de 2026


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