Te pusieron “casa”, por tus habitaciones, pero con un significado mucho mayor al que su literalidad nos da a entender. Es que fuiste “casa” para muchos, y no solo para su dueña. Para todos los presentes, sin ir más lejos, o por lo menos para mí, si me permiten hablar en primera persona. Esta casa tiene muchos habitantes, pero sobre todo una superpoblación de artistas, poetas y locos. Nada mal, me parece. Nada mal en estos tiempos que corren porque se necesita el valor y la fuerza de alguna clase de locura, para querer cambiar este mundo, o al menos este país, y volver (o avanzar, sería mejor decir) sobre la senda de la justicia social. Y para eso no solo se necesitan dirigentes. También se necesitan artistas, y no solo los de profesión, sino que cada uno de nosotros saque a relucir su veta creativa, para ponernos a diseñar entre muchos, entre todos si es posible, nuevos paisajes. Y también se necesitan poetas, por supuesto, porque la poesía es capaz también de cambiar el mundo comenzando con las palabras y su significado. ¿Cambiar? Crear, sería más preciso.
16 diciembre 2023
A LA CASA/ESTUDIO 22
Te pusieron “casa”, por tus habitaciones, pero con un significado mucho mayor al que su literalidad nos da a entender. Es que fuiste “casa” para muchos, y no solo para su dueña. Para todos los presentes, sin ir más lejos, o por lo menos para mí, si me permiten hablar en primera persona. Esta casa tiene muchos habitantes, pero sobre todo una superpoblación de artistas, poetas y locos. Nada mal, me parece. Nada mal en estos tiempos que corren porque se necesita el valor y la fuerza de alguna clase de locura, para querer cambiar este mundo, o al menos este país, y volver (o avanzar, sería mejor decir) sobre la senda de la justicia social. Y para eso no solo se necesitan dirigentes. También se necesitan artistas, y no solo los de profesión, sino que cada uno de nosotros saque a relucir su veta creativa, para ponernos a diseñar entre muchos, entre todos si es posible, nuevos paisajes. Y también se necesitan poetas, por supuesto, porque la poesía es capaz también de cambiar el mundo comenzando con las palabras y su significado. ¿Cambiar? Crear, sería más preciso.
22 agosto 2022
22 de agosto: Todo arte es político
Todo arte es político (*)
Buenas
noches a todas y todos. Me pidieron amablemente que dirija unas palabras al
público para la apertura de la Exposición “Soria / Villafañe” en el Ingenio de
las Artes, en ocasión del Día del
Desagravio al pueblo tucumano por el cierre masivo de ingenios azucareros, triste
maniobra pergeñada y ejecutada por el gobierno de facto en 1966. Hoy, lunes 22
de agosto de 2022 y a tono con la noche que nos tocó y en un clima tan festivo como
reflexivo, quisiera llevar luz hacia la urdimbre nada azarosa de dos elementos:
uno textual y el otro contextual. Ambos elementos subrayan un mismo concepto: todo arte es político. Primera
aclaración: no quiero con esto decir partidario, sino político en su sentido
más social: considerar al arte inserto en la polis, en la ciudad, proponiendo un lazo social particular entre los
ciudadanos. Segunda aclaración necesaria: con polis no nos referimos sólo a fenómenos urbanos, ya que tal como
vemos en este caso la vinculación política se da precisamente entre lo rural,
lo campesino y lo popular.
Veamos
entonces: ¿cuál es el nombre del hogar que nos cobija esta noche? Ingenio
Ciudad de las Artes. Digo “hogar”, y en cierto sentido no miento: aquí hubo
fuego, quedaron cenizas y asistimos a un renacimiento también a través de estas
imágenes cañeras. Digo “ingenio” y no solamente estoy pensando en esa
maquinaria atribulada que molía caña, así como esperanzas y sueños. El ingenio
es también aquella capacidad que tiene el ser humano para imaginar o inventar
cosas combinando con inteligencia y habilidad los conocimientos que posee y los
medios de que dispone. Efectivamente, en este preciso lugar Soria y Villafañe
vuelven a encender las calderas, y con su ingenio recogen y reelaboran el
imaginario social identitario tucumano por excelencia. Y entre los tres,
Ingenio y artistas, nos dan cobijo.
Quisiera dirigir
ahora la memoria colectiva hacia un texto literario –devenido en clásico- de la
segunda mitad del siglo XX: Veinte poetas
cantan a Tucumán, editado con el propósito de llevar ánimos (y dinero) a
los hogares de obreros que perdieron su empleo con el cierre de ingenios
azucareros en el año 1966. Entre sus autores se vislumbran “plumas” de renombre
como las de Carlos Duguech, Arturo Álvarez Sosa, Néstor Rodolfo Silva, Manuel
Aldonate y Juan González, entre otros. Aquellos escritores, asumiendo la poesía
como un “arma”, “dispararon” voces como las siguientes para describir a nuestra
provincia: aire, amor, azúcar, canto,
cielo, corazón, días, dureza, estrella, mirada, niña, noche, sangre, sueños,
tierra, verdor, viento, vida, zafra… Siguiendo esa línea de indagación
artística, es que me interrogaba en el texto de la muestra ¿qué tiempos y
representaciones se encuentran yuxtapuestos en las obras de nuestros plásticos?
Aún sigo pelando las capas de la cebolla de estas últimas imágenes del incendio.
Villafañe: geometría de lo impuro
La obra de
Villafañe no es transparente. Incluso en el marco de una producción con
cualidades de abstracción, su propuesta consiste en destacar la impureza e
imperfección en un mundo modelado matemáticamente. Sin importar si se trata de
una apuesta creativa consciente, o de un recorrido construido instintivamente,
sus figuras geométricas de raigambre suprematista no soportan la soledad, su
perfección solitaria. Por eso, quizás, es que emergen (irrumpen, mejor dicho)
diferentes símbolos en ostinato: el
pez y el anzuelo, las Sansevieria (lenguas de tigre, espadas de San Jorge entre
otras denominaciones), así como las máscaras de frente, de perfil, con sus ojos
eternamente abiertos, de una expresividad interpelante. El propio tiempo
también habla en las obras de Villafañe, y de hecho este juega trasladando
personajes y situaciones de cuadro en cuadro, formando así una gran viñeta que
puede leerse en loop. Cabe mencionar que parte de las obras exhibidas
fueron realizadas en plena pandemia, por lo que el artista extrae de aquella
realidad el material para la creación visual produciendo un micromundo de
combinaciones. Como su obra constituye una retícula que enlaza la dimensión de
lo cósmico con lo terrenal, no son pocos los interrogantes que quedan abiertos
para los espectadores: ¿qué secretos cifran los símbolos que pueblan el
universo del artista? ¿Quién (o quiénes) se encuentra(n) tras las máscaras? ¿Estas
son sinónimo de falsedad o, por el contrario, lo más genuino que nos puede
mostrar una persona: las máscaras que fue construyendo a lo largo de su vida? En
suma: la obra pictórica de Villafañe pone en evidencia que las sobre-determinaciones
no son –no podrían ser- contemporáneas, sincrónicas. Somos, también, nuestro
pasado.
Soria: todos los fuegos el fuego
En las
obras de Soria puede advertirse la presencia de una concepción invertida del
espacio: el cielo es la tierra, la tierra es el cielo, una nube es una cama y pueden
encontrarse casas blancas de rojos techos surcando los aires. No se trata de la
abolición de las coordenadas clásicas de espacio (alto, ancho y profundidad),
sino que Soria modifica la perspectiva e incorpora una cuarta dimensión: cava y
quema la propia materia generando literalmente una profundidad, y lo hace junto
a una representación plástica del tiempo. Por otra parte, su obra presenta similitudes
de paleta al trabajar tres de los cuatro tradicionales elementos de la
naturaleza: la tierra, el aire y el fuego. De hecho, este último es la
dominante pictórica. Así produce los pares binarios tierra/fuego y aire/fuego,
siendo la caña de azúcar el objeto “puente” que los vincula. Pero hay más sorpresas
aún: las cañas suspendidas en el espacio pueden escucharse. Si uno aguza el
oído seguramente percibirá el meneo de las cañas y el silbido metálico del
machete. Ya que hemos hablado del espacio, vaya una pregunta sobre la noción del
tiempo: cuando vemos los fieles transportando la imagen de la Virgen de Lujan y
de Copacabana, ¿estamos en 1922? ¿en 2022? ¿O quizás en un instante místico de
pedir protección y amor, como lo haría un niño con su madre? Y en el cruce de
las dimensiones espacio/tiempo ¿acaso esas casas volantes son todas distintas,
o es una sola -cual arquetipo borgeano, siempre la misma-, que se desplaza en
abierta emulación del sol y la luna? Dicho sea de paso, los soles de Soria son
mudos testigos de un poder ígneo superior al propio: los poderes de las
pasiones humanas, sean estas el erotismo, el trabajo, la fe… o la ignorancia.
El arte más urgente
Para
finalizar, voy a hacer hablar a los artistas a través de dos fragmentos de
entrevistas que supieron darme tiempo atrás, cuando daba mis primeros pasos en
la producción de textos críticos. Villafañe dijo: “Si no tomamos la iniciativa en forma urgente, todo el arte va a
terminar girando alrededor de la capital provincial. Necesitamos lineamientos
claros encaminados a una cultura verdaderamente inclusiva. Mientras no se
descentralice la cultura, el panorama no va a cambiar. Lo que vemos que sirve
es conseguir buenos compañeros de ruta que coincidan en los pensamientos,
porque “cortándose solo” al artista del interior todas esas cosas le van a
terminar jugando en contra. En cambio, trabajando en conjunto, todo eso se
convierte en una experiencia diferente.” No son solo palabras. Son una
propuesta de trabajo, puesta en marcha tal como podemos ver hoy.
Por su
parte, destaco estas reflexiones de Rodolfo Soria: “Cuando uno piensa en el mercado del arte, y no en la producción,
siempre digo que los coleccionistas tienen que sentir a la obra para poder
adquirirla. Porque quien la compra está llevando a su casa un objeto donde
siempre va a poder ver algo nuevo, siempre va a descubrir algo nuevo en su
contemplación cotidiana: de a poco aparecen matices, texturas, formas, colores…
Una obra permite llevar esa magia al hogar, haciendo posible que cada uno de
sus habitantes la tenga como fuente de lectura constante, una cantera
inagotable de sentidos.” Por supuesto, el arte se hace “por amor al arte” y
sin embargo el artista tiene que vivir. ¿Por qué no podría hacerlo con el
producto de su trabajo? Sugerencia: compren arte. No se van a arrepentir.
Hoy, la
periferia se hace centro y el Ingenio Ciudad de las Artes gestionado con fervor
por la escribana Beatriz Tula, nos recibe a todos los presentes estableciendo
una industria (la cultural) sobre otra vieja industria (la azucarera), movimiento
que cuestiona y replantea los sistemas de producción, visibilidad,
legitimación, circulación, difusión y hasta la concepción ideológica y social
del arte. Pero no tienen por qué estar de acuerdo conmigo. Caminen un poco por
la muestra y su entorno y verán: el arte ya entró en ustedes y se irá con
ustedes al salir. Eso también es política. Buenas noches.
Rodrigo Campos Alvo, 22 de agosto de 2022
(*) Palabras leídas en la apertura de la Exposición “Soria / Villafañe” en el Ingenio de las Artes, Banda del Río Salí, Tucumán.
Últimas imágenes del incendio: Tucumán 1966-2022
La imagen arde por la memoria, es decir que no deja de arder, incluso cuando ya no es más que ceniza.
Georges
Didi-Huberman
Azúcar amargo
Las imágenes
arden en llamas y nos consumen, en consonancia con la idea freudiana del malestar en la cultura. Al menos así lo
afirma el filósofo francés de nuestro epígrafe. Esta concepción psicoanalítica aplicada
al arte nos advierte que ni la más alta ilustración resuelve o elimina la parte
oscura del ser humano. Quizás por ello resulta difícil orientarnos entre tantas
imágenes sin quedar agobiado por la tarea, ya que nos echan en cara quiénes
somos y de dónde venimos. Las obras plásticas que presentamos en esta ocasión combinan
un valor estético, con el de documentos históricos y el de objetos de
ensoñación. Es que las pinturas de Julio Villafañe y Rodolfo Soria nos ponen
frente a una encrucijada, un cruce de caminos con múltiples recorridos
posibles. Por ello lo mejor sería no intentar “poseer” ni “explicar” estos
cuadros, sino dejar que nos interpelen. Dejar correr, escapar los sentidos,
abrirse al capricho de interpretaciones con recorridos imprevisibles. Después
de todo, las imágenes expuestas quedarán atrás cuando nos hayamos retirado, y
sin embargo las llevaremos adentro. Como aquellas pequeñas cosas a las que
cantaba un catalán, estarán acechándonos “detrás de la puerta” para regresar a nosotros
renovadas, encendidas. Cual ave Fénix que nos observase desde las cenizas, las
imágenes constituyen una lucha contra el paso del tiempo, una forma de
resistencia frente al olvido. En la dinámica y complejidad de esta propuesta
colectiva no distinguimos un estilo único ni representaciones a las que llamar “de
época”. Por caso, si pusiéramos estas obras visuales a dialogar con las
representaciones del azúcar en la cultura local, encontraríamos de seguro las conexiones
más diversas y sugestivas. Siguiendo esa línea de indagación artística, ¿qué
tiempos y representaciones se encuentran yuxtapuestos en las obras de nuestros plásticos?
Hagamos un poco de historia.
"22 de agosto de 1966" Instalación de Rodolfo E. Soria
(Predio del Ex Ingenio Lastenia, Banda del Rio Salí, 2022)
La experiencia artístico-política
conocida como Tucumán arde (Rosario/Buenos Aires, 1968) fue sincrónica a
su tiempo y anacrónica a la vez, porque ¿cuántos oídos y ojos hubo para esa
disruptiva muestra que dejaba al descubierto aquello que los medios de
comunicación masiva ocultaban? Pero vayamos más lejos aún: los obreros del
surco, las creencias populares, el Tucumán-Azúcar ¿guardan actualidad como
temas de elaboración artística? Para Didi-Huberman, el anacronismo es una
riqueza interior a los objetos mismos, en este caso a las imágenes. Advirtamos antes
que no existe concordancia entre los tiempos
representados, los de la creación de la representación, y los de
la contemplación del público. Por eso decimos que un muro de cincuenta y cuatro años
nos separa cronológicamente… o nos une anacrónicamente, según se mire. Pero no
nos moveríamos demasiado si consideramos solo lo pictórico, soslayando el
espacio donde se desarrolla la muestra: el ex Ingenio Lastenia. Creemos que se
insinúa una mise en abyme en el hecho
de exhibir representaciones visuales de la industria azucarera (y sus
vicisitudes) en un sitio que testimonia “la nostalgia de haber sido y el dolor
de ya no ser”. Ya lo dijimos: la cultura vive en perpetuo malestar, y para hacer
frente a esa realidad el ser humano busca satisfacciones sustitutivas, dentro de
las que ubica en un lugar privilegiado a la creación artística. Por eso, la
presencia de esta muestra en La Ciudad de
las Artes no se trata tan solo de una contingencia, o de un homenaje a ese
pasado (recordado como) glorioso. El montaje mismo constituye un acto simbólico
de resistencia, al recuperar ese espacio físico y sustituir la producción
agroindustrial por la producción artística. Así, el Ingenio que fuera antaño
fuente de trabajo y deviniera luego en triste signo del desamparo, finalmente –en
nuestros tiempos- pudo transformarse en fecundidad cultural.
Lo que vendrá
Una imagen que resiste señala algo con el dedo, nos interpela e invita a desplegar -o intentar explicar- lo que nos muestra: la otra historia, aquella a contrapelo que proponía hace tanto tiempo (pero de forma tan actual) el filósofo alemán Walter Benjamin. ¿Cómo procesar este inmenso y rizomático archivo de imágenes tucumanas que nos obsequian Soria y Villafañe? A través de la imaginación y el montaje. Si Didi-Huberman tiene razón y las imágenes arden, no significa por ello que vayamos a quedar hipnotizados y atraídos morbosamente por dicho resplandor. Las imágenes arden por su urgencia, su insistencia en hacernos saber que somos tanto parte del malestar como de su tramitación. Por eso mismo, no todo está perdido: los hombres sueñan, así como la tierra lo hace a su manera. Y en los sueños que trae la noche cuando la luz y la razón descansan (así lo anunció Goya), hay lugar para el placer, el goce, el encanto, pasiones que desbordan nuestra experiencia cotidiana en blanco y negro.
Tres acrílicos sobre tela de Rodolfo E. Soria (2021)
Las imágenes de estos artistas abren caminos oníricos,
y son pródigas en alegorías y asociaciones devocionales, de referencias
místicas que no pueden revelarse más que en el acto individual de
contemplación. Implicación performativa del espectador, que no podrá verificar
las ideas previas con las que llegó, y por ello se irá probablemente con más
dudas que certezas. La exégesis artística de estas últimas imágenes del
incendio serán producto del encuentro con las diferencias entre lo buscado… y
lo encontrado.
Rodrigo Campos Alvo
San Miguel de Tucumán, 28 de julio de 2022
(*) Texto principal para el catálogo de la
exposición en el Ingenio Ciudad de las Artes, agosto de 2022
04 enero 2022
Reportaje a Rodolfo Soria: "Esas cosas que te ofrece el fuego"
Por Rodrigo Campos Alvo (*)
Rodolfo Edgardo Soria (Delfín Gallo, Tucumán, 1959) es pintor y escultor. Licenciado en Artes por la Universidad Nacional Tucumán. Desde 1985 enseña, crea y trabaja en la Ciudad de Santiago del Estero, Argentina.
Antes que de arte, hablemos del mundo. A lo largo de la historia de la humanidad han habido pestes, hambrunas, guerras, matanzas étnicas, masacres imperialistas y un sinfín de desgracias que han marcado el derrotero de pueblos, gobiernos y hasta de civilizaciones. ¿Nos animaremos, entonces, a comparar la Historia –así, con hache mayúscula- con nuestro presente pandémico o post- pandémico? No faltan apocalípticos que vean en este fenómeno el fin del mundo, al menos tal como lo conocíamos. Lo cierto es que un virus microscópico ha conmovido nuestros cimientos más seguros: salud, trabajo, familia, sociedad... Este temblor nos recuerda a cada paso nuestra vulnerabilidad humana, o aquel “estado-de-yecto” del que hablaba Martin Heidegger en su clásico volumen “Ser y tiempo”: el hombre es una existencia arrojada a una situación, la de cada uno y a la vez a una colectiva. El hombre no es una cosa más en el mundo sino que lo constituye con un significado y un valor. Y el arte es para este filósofo el gran estimulante de la vida, en la medida que la creación artística proporciona un “ser” a lo que aún no “es”. Precisamente es el artista el que sale al encuentro de las cosas del mundo, fijando en cierta medida su forma y su sentido en la obra.
Pero ¿qué es lo
que el artista plasma en sus trazos? ¿Puede decirse que crea, o que re-crea la
realidad? ¿Es el artista presa de emociones, como querían los románticos, que
lo llevan a volcar tal o cual tema en su obra? ¿Es la forma la expresión
material de un contenido abstracto? ¿Hay una autonomía de la obra respecto de
su uso y circulación? Si el arte es un modo de vida, no hay contradicción -no
podría haberla- entre arte y vida, y sin embargo siempre hay quien quiera
considerarlo una ilusión, un simple truco de magia, imágenes producidas con el
fin de falsear el mundo engañando los sentidos, tanto entre los antiguos griegos
como entre los críticos del arte contemporáneo. Sin embargo, no son estas las
razones que nos brinda Rodolfo Edgardo Soria, artista plástico tucumano
radicado en Santiago del Estero hace casi cuarenta años. Cuando nos encontramos
con este creador, nos habla de su obra, del arte y de la vida con calma pero
con entusiasmo. Su voz alarga las “eses” finales con esa tonada regional que
todos reconocemos, pero sus ojos no miran la tranquila costanera del Río Dulce
sino que penetran en la oscuridad de los cañaverales tucumanos. Las obras
expuestas en el mes de noviembre de 2021 en la Galería Runakay (Villa de
Batiruana, Tucumán) nos muestran un artista en plena ebullición creativa, enlazando
su pasado y presente desde lo temático y lo técnico. Así dicen “presente” en las
obras expuestas el sol y la caña, los trabajadores del surco y sus hogares, rituales
populares de alegría y de dolor, el cielo y la tierra, destacándose la singular
presencia del fuego que pasa de ser una representación figurativa en el lienzo
a ser una presencia que toca el hueso de lo Real al abrasar (sí, con “ese”) el
soporte que lo contiene.
Cierto día de verano
en 1913, Sigmund Freud -el creador del psicoanálisis- paseaba por el campo
junto a un taciturno poeta. Este admiraba la belleza natural del entorno a la
vez que se dolía de su próximo y seguro final: “el invierno venidero todo ese esplendor habrá desaparecido, como toda
belleza humana y como todo lo bello y noble que el hombre haya creado y pudiera
crear”. El maestro vienés objetaba
que la caducidad de la belleza no impide su disfrute ni menos aún la desestima.
Por el contrario, resulta en un incremento de su valor: “Lo bello de la Naturaleza renace luego de cada destrucción invernal, y
este renacimiento bien puede considerarse eterno en comparación con el plazo de
nuestra propia vida. En el curso de nuestra existencia vemos agotarse para
siempre la belleza del humano rostro y cuerpo, mas esta fugacidad agrega a sus
encantos uno nuevo. Una flor no nos parece menos espléndida porque sus pétalos
sólo estén lozanos durante una noche.” Al año siguiente, Europa se
conmocionaba con el inicio de la Primera Guerra Mundial y Freud advertía con
optimismo que una vez superado el duelo colectivo, el hombre “volverá a construir todo lo que la muerte ha
destruido, quizá en terreno más firme y con mayor perennidad.” Algo de lo prefigurado
por Freud es lo que nuestro artista viene a confirmar, como podrá ver quien
acompañe con su lectura el diálogo que compartimos a continuación.
“Misterio nocturno” o
“Paisaje en una noche de invierno”
Madera quemada y
acrílico (2021)
31 x 26 cm.
- ¿Qué historia hay detrás de la
obra “Misterio nocturno” y desde
cuando trabajas con madera quemada?
- Mis últimos trabajos con madera tienen un sentido especial
para mí, muy fuerte. Están asociados a una pérdida que me tocó transitar este
año, 2021, a partir de la muerte de mi esposa. Cuando me planteé hacerle un
homenaje artístico como símbolo de nuestros treinta y seis años de vida en
común, me pareció que podía tomar como protagonista el fuego, por su carácter
de elemento purificador, de generador de nuevas cosas, ¿cierto? Cuando se va un
ser querido siempre se abren nuevas cosas, pero adentro queda algo -¿cómo decirlo?-queda
algo oscuro, algo tenebroso. Y encontré que el fuego tiene el poder de transformar
ese reflejo sombrío y llevarlo más allá. Invita a una nueva parición, a la
llegada de un nuevo ser, de una nueva cosecha, un nuevo vivir. Y un nuevo
sentir, también, más allá que uno no se olvida jamás del ser querido. Y así fue
como comencé a ver los alcances de ese hallazgo, ¿no? Lo novedoso era el hecho
de conseguir extraer de una madera quemada algo diferente a cualquier obra que
yo haya hecho antes, porque esta llevaba las marcas de su pasado: estaba quemada
y no había vuelta atrás. Eso fue lo que encontré de valor para renovar mi trabajo:
la impronta del elemento “fuego”. Mi tarea como artista fue recorrer el camino de
sus huellas.
-A propósito de esas
marcas del pasado, ¿la madera utilizada
para la obra ya estaba carbonizada o fue una intervención artística?
- La historia es así: caminando cerca de una obra en
construcción, encontré por casualidad una tabla de fenólico totalmente quemada.
Verla así, tirada en un contenedor de desechos, me dio mucho para pensar. Lo
que llamó mi atención en primer lugar fue su intensa oscuridad. Es cierto que tenía
frente a mi algo seco y consumido, pero dentro de esa oscuridad yo veía asomarse
una luz. Y me propuse sacarla y mostrarla al mundo. Mi primera impresión fue de
admiración por la textura que dejaba -que deja- el fuego en la tabla. Al
comenzar a trabajarla en el taller, me llamó la atención la poca materia pictórica
que me demandaba la obra ¿me entiendes? El color aquí resultaba algo
secundario, era una obra casi monocromática. Esa madera quemada significó una síntesis
profunda de emociones y sensaciones que se manifestaron en ese momento. Por eso
en la tabla de “Misterio nocturno” hay una representación de la luna, que contrasta
con la oscuridad del cielo, ¿no? Y ese paisaje casi desolado que hay en la obra
también es muy significativo. Sin darme cuenta mi mano fue trazando dos
horizontes, y tres o cuatro casas delineadas apenas con acrílico blanco. Para
intervenir la madera trabajé con gubia, con formón, con lija, hasta lograr lo
que buscaba y que fue lo que quedó plasmado finalmente en la obra.
“Misterio nocturno”
(Fragmento inferior)
- Si la primera fue una tabla encontrada por casualidad, ¿cómo te
procuraste el soporte de las siguientes obras?
- Como mencioné, la primera fue una tabla recogida por
ahí que ya estaba quemada. De ese material salieron dos paisajes nocturnos, uno
de los cuales es la obra sobre la que estamos conversando. Pero una vez descubierta la riqueza de
la técnica, comencé a investigar cómo lograr en el taller ese estado de la
materia. Algo me impulsaba a ir detrás de la impronta que deja el fuego en
la madera ¿sabes? Entonces pensé: ¿no podré controlar yo mismo ese fuego? Y así
empezó esta nueva etapa de producción artística, que parte de la búsqueda de madera
de descarte de edificios en construcción y continúa con la carbonización en
forma artificial y mi trabajo en el taller. Te preguntarás: ¿por qué tablas
usadas y no nuevas? Porque aunque no hayan estado quemadas, todas sin excepción
llevan las marcas de uso de los obreros, los trabajadores de la construcción. Esos
elementos han sido usados para levantar una casa o una vivienda -una de las
tantas armaduras de protección del hombre- y finalmente fueron descartados. Es
la síntesis de la mano del hombre sobre la naturaleza: ese fenólico desgastado,
utilizado tantas veces y desechado luego por inútil, lleva la impronta del
hombre como marcas de clavos, golpes de martillo, cortes de serrucho… esas huellas
que solo el tiempo como artista puede producir. Respecto de etapas creativas
anteriores, puedo decir que tanto en la temática como en el soporte de la obra hoy
estoy produciendo un cruce entre los obreros de la construcción y los de la
zafra, que tantas veces retraté.
- Hay dos
elementos en “Misterio nocturno” que resultan cautivantes. El primero es el ordenamiento
geométrico que nace del fenólico quemado, con sus prolijas vetas negras que se
convierten en paisaje casi sin otra intervención. El segundo es el tratamiento del
material con herramientas de la escultura, sin que este deje de ser un cuadro, una
pintura. En ese sentido ¿cómo defines tu obra?
- En el arte uno va
descubriendo cosas en la medida de la marcha del trabajo. Y hay cosas que a uno
le sirven y otras que no. Eso es natural y normal en alguien que produce obras,
que pinta o que hace esculturas. Hasta ahora, yo era un artista que cuando se
proponía hacer esculturas, hacía esculturas. Y que cuando quería pintar, pintaba.
Pero resulta que este año me sucedió algo especial y raro, aunque muy
interesante a la vez. Como dice el refrán: nada se pierde, sino que todo se
transforma. Las experiencias de la vida me han ido transformando, y eso se
transmitió a mi técnica y a mi obra. ¿Me entiendes? Hoy trabajo con procedimientos
que fusionan pintura y escultura, y he dejado de pensar en los límites, de
preocuparme en responder si lo que estoy haciendo es una u otra técnica en el
sentido tradicional. Fíjate: ahora estoy quemando un bloque de palosanto y trabajando
a partir de algo que veo en el fondo de ese elemento. Encontrar en la calle, por
ejemplo, una chapa de zinc oxidada puede ser más bello que oxidarla en el
taller. O puedo buscar transmitir esa oxidación en un papel o en un soporte de tela,
¿no?, porque el soporte original tiene una virtud, una riqueza esencial, una
impronta que solo te da la acción de la naturaleza. Después de ese
descubrimiento -más o menos sorpresivo- que mencioné, comencé a explorar el
fenómeno del fuego tanto desde un punto de vista técnico como teórico. Lo que
me interesa hoy es decir algo a partir de la materia, ya sea a través del color
o de las características físicas de madera o palo quemado. Por eso digo que el
material habla.
“Misterio nocturno”
(Fragmento superior)
- ¿Percibes vínculos entre esta visión sobre el arte y la cultura asiática
tradicional? Porque según recuerdo, Junichiro Tanizaki contaba que en Japón las
marcas del paso del tiempo forman parte de la obra. En otras palabras, los
orientales valoran el envejecimiento y las imperfecciones que el tiempo deposita
en una obra de arte, algo que no apreciamos en occidente.
- Lo que yo pienso, lo que quiero hacer es un arte pobre
y demostrar que la obra, la belleza, pueden estar también en las cosas simples y
cotidianas de la vida. Y por qué no, incluso en el error. Fíjate que hay un movimiento
japonés conocido como Wabi-Sabi que postula una estética en línea con lo que mencionaste.
La palabra Wabi hace referencia a
aquello que hace único a algo, a su particularidad, y Sabi a la serenidad que viene con la edad, el tiempo. Lo que sostiene
es que el hombre, el ser humano puede encontrar la belleza en lo imperfecto, así
como en las cosas más sencillas y pequeñas de la vida. Estos artistas asumen
que la belleza, esa categoría que a lo largo de la historia siempre se nos
escurre entre los dedos, es imperfecta, transitoria e incompleta. Y eso mismo
puede decirse de mi obra también, ya que surge a partir de elementos cotidianos
que fueron descartados luego de ser manipulados por el hombre. Por ser ya soportes
de un contenido previo, no podría usarlos como un elemento al que se añade una materia
extraña a ellos, sino que siento la necesidad de rescatar la historia que ya traen.
Fíjate lo distinto que es tomar un lienzo y construir con él un bastidor, como
soporte de una pintura que luego se aplica encima. Aquí es al revés: busco visibilizar
la belleza que ya estaba presente en la madera, en su estructura.
- ¿Podrías
profundizar en la idea de la belleza de lo imperfecto?
Bueno, mi obra actual precisamente busca rescatar ese “no-sé-qué”
de lo imperfecto. O como dije antes: busco la belleza en la imperfección de las
cosas. En esa línea de trabajo tengo obras que voy a exponer en diciembre en
Casa/Estudio 22, donde el soporte que uso también es madera quemada, pero ya no
por efecto del azar sino como parte de un proceso creativo. Uso la impronta del
fuego en la madera como disparador de la creatividad. Si bien partí de lo que
hizo el fuego en forma natural, ahora estoy empeñado en aprender a manejarlo,
para hacerle decir otras cosas. Es algo medio lúdico, por supuesto, el hecho de
poner una madera a arder y luego decir “¿y
esto para qué me sirve, qué me dice el material?” Ahí, en ese momento de
gran receptividad me doy cuenta si “la siento” o “no la siento”, y si descubro algo
especial me pongo a pensar cómo seguir. Es como ir descubriendo nuevas vidas en
esas cosas que te ofrece el fuego.
Muestra colectiva en
Galería Runakay
Villa Batiruana,
Tucumán
Noviembre de 2021
- Hablando de fuego, más que bucear en la
simbología parece que fue la simbología quien te encontró: el fuego tiene esa
ambivalencia destructivo-creativa que señalabas.
-Creo que sí. Pienso en algunas fábulas
como el mito griego de Prometeo, que según dicen robó el fuego a los dioses para
dárselo a los humanos, y por eso fue castigado. Un ave le comía el hígado todas
las noches y al otro día se regeneraba, porque el fuego era el conocimiento, la
inteligencia, el arte. Hasta entonces el fuego era privilegio de los dioses.
¿Cómo lo iban a tener los humanos? Pero fíjate que la inteligencia también traía
el poder de destruir que antes era privilegio de los dioses. Yo creo que ahí empieza
el hombre a labrar su propio destino. Ahora, la destrucción o la construcción
ya no dependían de los dioses, sino del propio ser humano. Es muy interesante. Por otro lado se considera que el fuego ha marcado el
comienzo de la civilización. El fuego era algo mágico, algo indomable y
terrible, como los huracanes o las inundaciones. Y de pronto nuestros
antepasados comienzan a familiarizarse con él, y saliendo de la prudente
distancia intenta domesticarlo y generarlo con sus propias manos. Después
supongo que el hombre comienza a darse cuenta de sus múltiples utilidades:
puede cocinar los alimentos a partir del fuego, le permite defenderse, le da
calor en invierno… ¿Tantas cosas, no? De reverenciarlo o temerlo pasa a ser un
compañero inseparable. Algo de eso es lo que yo vengo tratando de rescatar, al usar
para la pintura un soporte que ya no es bidimensional sino tridimensional, contemplando
la textura que aporta el fuego a la tabla.
-Como ya mencionaste, una de las características más relevantes de
esta etapa que iniciaste es la calidad escultórica que tiene el material pictórico
trabajado. ¿Cómo se pasa de trabajar en dos dimensiones a hacerlo en tres?
- Bueno,
hay que marcar la diferencia entre alguien que quiere quebrar los límites de
algo, como una especie de resabio de rebeldía adolescente porque se siente oprimido
por ciertos “muros”, a que sea la propia materia la que solicite que no se la
trate en forma apriorística, sino que
se le permita manifestar su naturaleza. Y ahí yo escucho que a veces la madera
que tengo en el taller dice “cavame”.
Otras veces es como si pidiera “raspame para
que pueda mostrarme”. Y después aparece algo único, imágenes que yo no
podría repetir a voluntad ni puedo anticipar. Cuando vi mis primeras dos obras una
al lado de otra me dije “capaz que forman
una serie”, porque el tratamiento y la técnica no eran demasiado
diferentes: madera quemada, herramientas, pintura. Pero ahora me doy cuenta que
no es una serie, sino producciones singulares, únicas e irrepetibles.
“El zafrero”
Madera quemada y acrílico
(2021)
26 x 31 cm.
- La otra obra que mencionas tiene rasgos formales y temáticos
similares, pero toma relevancia un añadido: la pintura. En cambio en “Misterio
nocturno” no se ve algo añadido, sino una operación de sustracción, ese mecanismo
que según Da Vinci distinguía a la escultura.
- Claro, mira qué interesante tu análisis, porque el arte
también está en eso ¿viste? en que el espectador pueda involucrarse en la obra
y aportar a la construcción de su significado. Cuando uno piensa en el mercado
del arte, y no en la producción, siempre digo que los coleccionistas tienen que
sentir a la obra para poder adquirirla. Porque quien la compra está llevando a
su casa un objeto donde siempre va a poder ver algo nuevo, siempre va a
descubrir algo nuevo en su contemplación cotidiana: de a poco aparecen matices,
texturas, formas, colores… Una obra permite llevar esa magia al hogar, haciendo
posible que cada uno de sus habitantes la tenga como fuente de lectura
constante, una cantera inagotable de sentidos. Porque una obra de arte tiene que ser
generadora de sentidos, ¿no? Si tiene un sentido único no es una obra de arte.
Será otra cosa, propaganda quizás. Sí, las propagandas tienen que tener un
único sentido. “Compre chocolate Águila”, “Vote a Pérez”. Si vos piensas
en otra cosa que la que te indican ya no sirve como propaganda. El arte es todo
lo contrario: tiene que hacer pensar distinto, no obligar a coincidir. Entonces
el espectador se empieza a cuestionar: ¿y ahora qué quiso decir el artista?, ¿habré
entendido bien?, ¿hay otra manera de ver esta obra?, ¿seré sólo yo el que la ve
así?, ¿lo que veo, el artista lo hizo a propósito o será una casualidad?
- ¿Hacia dónde
marcha esta nueva etapa creativa?
Las obras de las que hablamos son un comienzo, el inicio de
una nueva búsqueda que hice pública en una muestra que organizamos con otros amigos
artistas en la Galería Runakay, de Villa Batiruana. Creo que es por esta línea
que avanza mi trabajo hoy en día. Como te dije anteriormente, “Misterio
nocturno” es una creación muy significativa para mi desde el plano artístico y
también desde lo personal. Pienso que el arte tiene que ser así: el que trabaja
con seriedad deja algo suyo en la obra. En cierta forma, todos sabemos que estamos
de paso en este mundo, y no queremos partir sin dejar algo que dé cuenta de nuestras
marcas. Con esto no digo que todo lo que hace un artista es algo que vaya a
trascender. Eso es un asunto que solo el tiempo dictamina. Pero uno se planta y
dice “en mi vida artística hice esto y
aquello como una representación de lo que yo pensaba y sentía en cierto período
de mi historia, pero que a la vez es un reflejo de los tiempos que vivimos”.
Y bueno, para mí 2021 fue un año de hallazgos. De pérdidas y de hallazgos ¿me
entiendes? No sé adónde irá esto, ni cómo seguirá. Y eso es lo bueno, porque no
me queda otra que responder creando.-
En un café del
Abasto, San Miguel de Tucumán
10 de Noviembre de
2021
(*) Psicoanalista, comunicador, docente
universitario
20 diciembre 2021
22 / Modelo para armar
Por Rodrigo Campos Alvo (*)
“La filosofía no es el
reflejo de una verdad previa, sino, como el arte, la realización de una verdad.”
Maurice
Merleau-Ponty
“—Pero tía, es el arte
moderno —dijo Lila. —No me vengas con futurismos —dijo la señora de Cinamomo—.
El arte es la belleza y se acabó. Usted no me contradecirá, joven. —No, señora
—dijo Polanco que gozaba como solamente un cerdo. —No es a usted que le hablo
sino a ese otro joven —dijo la señora de Cinamomo—. Usted y sus compinches ya
se sabe que son carne y uña con el autor de ese espanto, para qué habré venido,
Dios mío.”
Julio
Cortázar
La
experiencia estética y el anti-ritual
La experiencia estética
ha desvelado desde siempre al ser humano. ¿Qué nos sucede frente a la contemplación
de la belleza? Cualquier esquema que se haya plasmado en los últimos 2500 años
emplea conceptos y adjetivos tales como percepción, gusto, fascinación,
asombro, así como la descripción de emociones y sentimientos provenientes de la
percepción de la realidad, y sus correlatos mentales y físicos. Sería imposible
en este breve espacio reseñar todas las teorías sobre el tema provenientes del
campo de la filosofía, la estética, la fisiología, la psicología, y más cercano
en el tiempo de la sociología del arte y del psicoanálisis. Entonces ¿cómo hablar
de una muestra de arte, en diciembre de 2021, teniendo a nuestras espaldas
capas y capas de significación, teorizaciones, representaciones, abstracciones
muy bien expresadas y fundamentadas? Precisamente, intentando dejarlas a un
lado tanto como podamos, tal como Merleau-Ponty hubiese deseado. Llevar ese
proyecto fenomenológico a la práctica parece algo con pocas probabilidades de
éxito, pero perdido por perdido, ¿por qué no intentarlo por esa misma razón?
Ingresamos en
Casa/Estudio 22 una noche de diciembre de 2021, un viernes 17 para más precisión,
en la ciudad de San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina. A este espacio de
arte y galería con calor de hogar nos da la bienvenida la sonrisa de Silvia
Porta, anfitriona y sacerdotisa del anti-ritual al que en breve asistiremos. Quizás
el lector recuerde la función ancestral de los rituales como habilitación del pasaje
del mundo profano al sagrado, y una muestra artística no pocas veces ocupa ese
lugar: una exhibición en una galería como sitio de consagración (o validación)
artística, unas cuantas “palabras sagradas” proferidas por un sabio con que la
ceremonia de apreciación estética comienza y orienta el pasaje de lo mundano
hacia lo sobrenatural. Luego vendrá la contemplación de los “objetos sagrados”
a los que venerar, y su incorporación en la experiencia vital de los miembros
presentes de la tribu así como su reválida y/o reconocimiento como tales. No
obstante, nada de eso vemos en la muestra de marras, sino que por el contrario
constituye un anti-ritual del que todos los presentes formamos parte,
desacralizando el espacio del arte y la cultura y trasladándose del centro
(museos, centros culturales, espacios institucionales) hacia la periferia (un
salón fuera de las llamadas “cuatro avenidas”). Continuemos, pues, nuestra
caminata por el territorio.
A la sazón, esta
muestra de Estudio 22 consiste en la exposición de obras de dos artistas
plásticos tucumanos de renombre, ambos nacidos en el interior del interior. El
uno: Julio Enrique Villafañe, egresado y docente de la Universidad Nacional de
Tucumán, con clara inspiración en el aire y la esencia de la ciudad de Aguilares.
El otro: Rodolfo Edgardo Soria, pintor y escultor nacido en Delfín Gallo, Cruz
Alta, y radicado desde 1985 en Santiago del Estero. Luego de ingresar al
recinto sagrado, cruzamos saludos con los creadores y nos disponemos a
interactuar con las obras, pero esto no va a ser posible hasta un buen rato
después. Porque se impone en primer lugar el diálogo espontáneo con amigos y
conocidos que no vemos hace muchísimo tiempo, por lo que este encuentro
pandémico es una revancha. Encuentro dentro de los pocos permitidos (protección
mediante), donde observamos que en este ritual viene la lengua primero, el
paladar después y los ojos serán colofón.
Este será el primer
indicio de estar asistiendo a un anti-ritual, aunque luego vendrán otros: no
hay “palabras sagradas” de apertura que orienten la experiencia estética, el
espacio de observación es constantemente “invadido” por otras prácticas
socializantes, tales como comer, beber, conversar y ¡bailar! ¿Es la muestra,
pues, un telón de fondo para fines ajenos a ella? Para nada. Las obras son el
comentario permanente, la trama sobre la cual se van hilvanando las
conversaciones, el soporte metonímico que lleva a los tribalistas del pasado hacia
el presente, y de allí proa al futuro: oímos al andar conversaciones sobre
encuentros anteriores, digresiones sobre arte estética o política, remembranzas
de amigos que ya no están, proyectos de colaboración y promesas de futuros
encuentros. Todo está servido en la mesa: el buen vino, el buen pan, la buena
música, las buenas compañías… Es así: el arte se percibe con los cinco
sentidos. Sin haber entrado todavía en el terreno de lo plástico, podemos
advertir que en este anti-ritual, Villafañe y Soria hacen arte con los
presentes: los toman y dispersan sobre el lienzo de la muestra, juegan a darles
forma y deshacérsela, dejan que las manchas tomen su propio significado y finalmente
se alejan con la plena conciencia de que luego de haber sido finalizada, una
obra de arte ya no pertenece más a su creador.
Villafañe
/ Soria
Desde la perspectiva
que delineamos al comienzo, la experiencia estética se configura en una
relación individual y social al mismo tiempo, entre un sujeto y el objeto
estético de su contemplación. Dicho sea de paso, esta contemplación nada tiene
de pasivo como su nombre pudiera sugerir. Así, la muestra de Soria y Villafañe
tiene que ser reseñada en un aquí-y-ahora que la determinan. Una día cercano
será desmontada, y cuadros y esculturas dispersadas en colecciones individuales
o de vuelta al taller de los artistas. Villafañe y Soria seguirán siendo los
mismos, pero sus obras habrán vivido un momento único mostrando su verdad ante
quien quisiera verla. Verdad surgida del diálogo entre la obra de ambos
artistas, y a su vez del diálogo con el público presente, que luego de la
muestra tampoco puede ser el mismo. El artista no representa la realidad, le da
forma. La trans-forma. Otro indicio de la condición anti-ritualista de Estudio
22: ¿cuántos lugares más habrá donde los espectadores intenten explicarles a
los artistas el significado de sus propias creaciones? Aquí no existe la
palabra santa.
Así como el entrañable Dúo
Salteño usaba tensiones armónicas infrecuentes en el folclore (7mas
y 9nas), Soria y Villafañe se complementan sin superponerse, generando
un rico contrapunto en la forma, la paleta y los temas. Tomemos un par de ejemplos.
Rodolfo Soria expone “Misterio nocturno”, una técnica mixta de 115x50 cm.
trabajada sobre fenólico. ¿Qué encontramos? Una paleta monocromática ocre, con
matices terrosos y amarillentos, y unas breves brevísimas pinceladas blancas.
¿La técnica? Raspado sobre fenólico quemado, esas placas de madera encolada que
encontramos habitualmente en los obrajes de la industria de la construcción.
Este trabajo de Soria –que podríamos denominar tríptico integrado- está
compuesto por tres escenas que pueden leerse en clave de fotogramas: a la
izquierda el patrón, trajeado, elegante, a la moda de –digamos- los años 40. A
su lado las chimeneas del ingenio, con su característico humo blanco, el mismo
blanco que teñirá en otra zona de la imagen la casa del obrero. La mirada del
patrón no augura nada bueno, o en todo caso trasunta los mismos valores de aquel
dicho popular “el ojo del amo engorda el ganado”… A la derecha, el obrero: anónimo,
pura figura, rígido, ¿resignado? Las casas de los peones dan un poco de luz a
la oscuridad propia de la escena. Y al centro, el omnipresente cañaveral, con
su luna tucumana presidiendo la escena. A su alrededor, deshilachados cual
sueños molidos por el trapiche, un pez, un caballo de madera, y otras tantas casas
flotando rumbo al infinito.
El mismo Soria (¿o será
otro Soria que habita dentro del mismo cuerpo?) trasladó su mirada zafrera de
la pintura a la escultura. Bajo el título “Esperando la cosecha”, el artista
monta sobre fragante madera de palosanto los mismos elementos descriptos: las
viviendas obreras y la caña, símbolo del ascenso y caída del Tucumán
productivo, sueño de la generación modernizadora del centenario, punto de
inflexión en los sectores populares de la provincia. Una silla vacía,
portentosa y desproporcionada, apunta sus ojos ciegos hacia el cañaveral /
caserío. ¿Adónde se fue el patrón? ¿Adónde los trabajadores del surco? Ninguna
otra presencia habita la escultura, sino el silencio del viento sobre “la
nostalgia de haber sido y el dolor de ya no ser…”
En tensión
contrapuntística con su compañero de muestra, Villafañe propone un carnaval de
colores, figuras y formas. Dos vertientes pictóricas asoman en su obra: una abstracta
y no figurativa a la manera de las figuras geométricas de Paul Klee o más
cercanos en el espacio al singular Xul Solar. Otra vertiente más ligada a lo
latinoamericano, llena de símbolos algunos de significación universal (el agua y
el pez, la tierra y el cielo), otros que hunden sus claves interpretativas en
la profundidad del artista y sus experiencias personales (anzuelos, lágrimas,
corazones y palabras recortadas en collage). Tomemos un ejemplo: una obra de
gran tamaño compuesta por una matriz de cuatro por cinco cuadros más pequeños,
es decir un total de veinte perfiles diferentes. En cierta forma, la imagen
opera a la manera de un fractal: una estructura que remite a otra trabajando en
diferentes escalas. O, conceptualmente, podríamos verla como una holografía:
una parte de imagen que contiene el todo, siendo el todo la obra retrospectiva
del propio artista. Villafañe nos muestra en una sola toma panorámica, un largo
plano-secuencia a la manera de El arca rusa: el día y la noche, estaciones y
estados de ánimo, paisajes y nacionalidades, sentimientos e ideas, posicionamientos
ideológicos, acciones dicciones y contradicciones. ¿Habrá sido Perón un
machirulo? ¿Lo somos nosotros, aquí y ahora? ¿Estaremos siendo injustos al
criticar la cultura en forma retrospectiva? Villafañe no afirma. Pregunta,
interroga, incomoda. Y que el espectador haga lo suyo.
Y aquí nos despedimos (renovados,
diferentes) luego de nuestro recorrido y participación en el anti-ritual
propuesto por Casa/Estudio 22 y parte de su núcleo artístico, al que apenas un
par de meses atrás tuvimos la oportunidad de disfrutar en otro lugar periférico
(más aún, si se lo mira bien): la Galería Runakay en Batiruana, aunque ese
ámbito representativo del más puro realismo mágico latinoamericano, ya será
abordado en otra oportunidad.
Raco, 19 de
diciembre de 2021
(*) Psicoanalista, comunicador, docente universitario















