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16 diciembre 2023

A LA CASA/ESTUDIO 22



T
e pusieron “casa”, por tus habitaciones, pero con un significado mucho mayor al que su literalidad nos da a entender. Es que fuiste “casa” para muchos, y no solo para su dueña. Para todos los presentes, sin ir más lejos, o por lo menos para mí, si me permiten hablar en primera persona. Esta casa tiene muchos habitantes, pero sobre todo una superpoblación de artistas, poetas y locos. Nada mal, me parece. Nada mal en estos tiempos que corren porque se necesita el valor y la fuerza de alguna clase de locura, para querer cambiar este mundo, o al menos este país, y volver (o avanzar, sería mejor decir) sobre la senda de la justicia social. Y para eso no solo se necesitan dirigentes. También se necesitan artistas, y no solo los de profesión, sino que cada uno de nosotros saque a relucir su veta creativa, para ponernos a diseñar entre muchos, entre todos si es posible, nuevos paisajes. Y también se necesitan poetas, por supuesto, porque la poesía es capaz también de cambiar el mundo comenzando con las palabras y su significado. ¿Cambiar? Crear, sería más preciso. 

Pero no solo fuiste casa, también fuiste estudio. Y así como el arte y la poesía, tal como los pienso, son hoy más necesarios que nunca, quiero recordar que esta casa, estas paredes a quien parezco un loco hablando (¿o lo soy, después de todo?) fueron testigos mudos de decenas de encuentros, de construcción de lazos, de compartir frustraciones y felicidades, noches de canciones de protesta, de tangos y rock-and-roll, de poemas guerrilleros y de amor, de performances, de muestras visuales, de murales colectivos, de mujeres empuñando la palabra y usando su lengua como pincel. También estas mismas paredes se ensombrecieron muchas veces escuchando testimonios un 24 de marzo, la semana siguiente rejuvenecían y brillaban al ritmo de la alegría colectiva con un karaoke de sábado. 

Aquí también, casita, cierta vez hubo colgado un planisferio invertido a la manera de Joaquín Torres García, recordándonos benedettianamente que el sur también existe (aunque si lo pensamos desde nuestro país deberíamos decir lo mismo del norte: centralismos y hegemonías se repiten como cajas chinas). Casa, quiero hacer un pequeño juego con los presentes e intentar vernos con tus ojos a quienes te hemos recorrido. ¿Y sabes qué imagino? Que seguramente nos viste como un mar de fueguitos, ¿verdad? ¿No te acuerdas a qué me refiero? Te lo cuento nuevamente, en palabras del tercer uruguayo que nombro esta noche, qué casualidad, Eduardo Galeano: “Un hombre del pueblo de Neguá, en la costa de Colombia, pudo subir al alto cielo. A la vuelta contó. Dijo que había contemplado desde arriba, la vida humana. Y dijo que somos un mar de fueguitos. 

-El mundo es eso -reveló- un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brilla con luz propia entre todas las demás. No hay dos fuegos iguales. Hay fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco que llena el aire de chispas. Algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman; pero otros arden la vida con tanta pasión que no se puede mirarlos sin parpadear, y quien se acerca se enciende”. En esta noche de despedidas, querida Casa / Estudio 22, quiero decirte, queremos decirte que seguirás entre nosotros porque una vez creado un fuego como el de la pasión es inextinguible. Hasta siempre! 


San Miguel de Tucumán, sábado 16 de diciembre de 2023



22 agosto 2022

22 de agosto: Todo arte es político



Todo arte es político (*)

Buenas noches a todas y todos. Me pidieron amablemente que dirija unas palabras al público para la apertura de la Exposición “Soria / Villafañe” en el Ingenio de las Artes, en ocasión del Día del Desagravio al pueblo tucumano por el cierre masivo de ingenios azucareros, triste maniobra pergeñada y ejecutada por el gobierno de facto en 1966. Hoy, lunes 22 de agosto de 2022 y a tono con la noche que nos tocó y en un clima tan festivo como reflexivo, quisiera llevar luz hacia la urdimbre nada azarosa de dos elementos: uno textual y el otro contextual. Ambos elementos subrayan un mismo concepto: todo arte es político. Primera aclaración: no quiero con esto decir partidario, sino político en su sentido más social: considerar al arte inserto en la polis, en la ciudad, proponiendo un lazo social particular entre los ciudadanos. Segunda aclaración necesaria: con polis no nos referimos sólo a fenómenos urbanos, ya que tal como vemos en este caso la vinculación política se da precisamente entre lo rural, lo campesino y lo popular.

Veamos entonces: ¿cuál es el nombre del hogar que nos cobija esta noche? Ingenio Ciudad de las Artes. Digo “hogar”, y en cierto sentido no miento: aquí hubo fuego, quedaron cenizas y asistimos a un renacimiento también a través de estas imágenes cañeras. Digo “ingenio” y no solamente estoy pensando en esa maquinaria atribulada que molía caña, así como esperanzas y sueños. El ingenio es también aquella capacidad que tiene el ser humano para imaginar o inventar cosas combinando con inteligencia y habilidad los conocimientos que posee y los medios de que dispone. Efectivamente, en este preciso lugar Soria y Villafañe vuelven a encender las calderas, y con su ingenio recogen y reelaboran el imaginario social identitario tucumano por excelencia. Y entre los tres, Ingenio y artistas, nos dan cobijo.



Rodolfo Soria
Zafrero
Acrílico s/tela 



Rodolfo Soria
Pandemia
Escultura en acero inoxidable



Rodolfo Soria
Escultura en acero inoxidable y acrílicos s/tela


Quisiera dirigir ahora la memoria colectiva hacia un texto literario –devenido en clásico- de la segunda mitad del siglo XX: Veinte poetas cantan a Tucumán, editado con el propósito de llevar ánimos (y dinero) a los hogares de obreros que perdieron su empleo con el cierre de ingenios azucareros en el año 1966. Entre sus autores se vislumbran “plumas” de renombre como las de Carlos Duguech, Arturo Álvarez Sosa, Néstor Rodolfo Silva, Manuel Aldonate y Juan González, entre otros. Aquellos escritores, asumiendo la poesía como un “arma”, “dispararon” voces como las siguientes para describir a nuestra provincia: aire, amor, azúcar, canto, cielo, corazón, días, dureza, estrella, mirada, niña, noche, sangre, sueños, tierra, verdor, viento, vida, zafra… Siguiendo esa línea de indagación artística, es que me interrogaba en el texto de la muestra ¿qué tiempos y representaciones se encuentran yuxtapuestos en las obras de nuestros plásticos? Aún sigo pelando las capas de la cebolla de estas últimas imágenes del incendio.

Villafañe: geometría de lo impuro

La obra de Villafañe no es transparente. Incluso en el marco de una producción con cualidades de abstracción, su propuesta consiste en destacar la impureza e imperfección en un mundo modelado matemáticamente. Sin importar si se trata de una apuesta creativa consciente, o de un recorrido construido instintivamente, sus figuras geométricas de raigambre suprematista no soportan la soledad, su perfección solitaria. Por eso, quizás, es que emergen (irrumpen, mejor dicho) diferentes símbolos en ostinato: el pez y el anzuelo, las Sansevieria (lenguas de tigre, espadas de San Jorge entre otras denominaciones), así como las máscaras de frente, de perfil, con sus ojos eternamente abiertos, de una expresividad interpelante. El propio tiempo también habla en las obras de Villafañe, y de hecho este juega trasladando personajes y situaciones de cuadro en cuadro, formando así una gran viñeta que puede leerse en loop. Cabe mencionar que parte de las obras exhibidas fueron realizadas en plena pandemia, por lo que el artista extrae de aquella realidad el material para la creación visual produciendo un micromundo de combinaciones. Como su obra constituye una retícula que enlaza la dimensión de lo cósmico con lo terrenal, no son pocos los interrogantes que quedan abiertos para los espectadores: ¿qué secretos cifran los símbolos que pueblan el universo del artista? ¿Quién (o quiénes) se encuentra(n) tras las máscaras? ¿Estas son sinónimo de falsedad o, por el contrario, lo más genuino que nos puede mostrar una persona: las máscaras que fue construyendo a lo largo de su vida? En suma: la obra pictórica de Villafañe pone en evidencia que las sobre-determinaciones no son –no podrían ser- contemporáneas, sincrónicas. Somos, también, nuestro pasado.




Julio Villafañe
Creación N° 6
Técnica mixta s/papel


Julio Villafañe
Bicho
Acrílico s/tela


Julio Villafañe
Fisgón tucumano
Acrílico s/tela

Soria: todos los fuegos el fuego

En las obras de Soria puede advertirse la presencia de una concepción invertida del espacio: el cielo es la tierra, la tierra es el cielo, una nube es una cama y pueden encontrarse casas blancas de rojos techos surcando los aires. No se trata de la abolición de las coordenadas clásicas de espacio (alto, ancho y profundidad), sino que Soria modifica la perspectiva e incorpora una cuarta dimensión: cava y quema la propia materia generando literalmente una profundidad, y lo hace junto a una representación plástica del tiempo. Por otra parte, su obra presenta similitudes de paleta al trabajar tres de los cuatro tradicionales elementos de la naturaleza: la tierra, el aire y el fuego. De hecho, este último es la dominante pictórica. Así produce los pares binarios tierra/fuego y aire/fuego, siendo la caña de azúcar el objeto “puente” que los vincula. Pero hay más sorpresas aún: las cañas suspendidas en el espacio pueden escucharse. Si uno aguza el oído seguramente percibirá el meneo de las cañas y el silbido metálico del machete. Ya que hemos hablado del espacio, vaya una pregunta sobre la noción del tiempo: cuando vemos los fieles transportando la imagen de la Virgen de Lujan y de Copacabana, ¿estamos en 1922? ¿en 2022? ¿O quizás en un instante místico de pedir protección y amor, como lo haría un niño con su madre? Y en el cruce de las dimensiones espacio/tiempo ¿acaso esas casas volantes son todas distintas, o es una sola -cual arquetipo borgeano, siempre la misma-, que se desplaza en abierta emulación del sol y la luna? Dicho sea de paso, los soles de Soria son mudos testigos de un poder ígneo superior al propio: los poderes de las pasiones humanas, sean estas el erotismo, el trabajo, la fe… o la ignorancia.

Rodolfo Soria
Izq: Vuelo zafrero, acrílico s/tela
Der: Nocturno, acrílico s/tela



Rodolfo Soria
Tres acrílicos s/tela

Rodolfo Soria y Julio Villafañe
Acrílicos s/tela y tecnicas mixtas s/papel

El arte más urgente

Para finalizar, voy a hacer hablar a los artistas a través de dos fragmentos de entrevistas que supieron darme tiempo atrás, cuando daba mis primeros pasos en la producción de textos críticos. Villafañe dijo: “Si no tomamos la iniciativa en forma urgente, todo el arte va a terminar girando alrededor de la capital provincial. Necesitamos lineamientos claros encaminados a una cultura verdaderamente inclusiva. Mientras no se descentralice la cultura, el panorama no va a cambiar. Lo que vemos que sirve es conseguir buenos compañeros de ruta que coincidan en los pensamientos, porque “cortándose solo” al artista del interior todas esas cosas le van a terminar jugando en contra. En cambio, trabajando en conjunto, todo eso se convierte en una experiencia diferente.” No son solo palabras. Son una propuesta de trabajo, puesta en marcha tal como podemos ver hoy.

Por su parte, destaco estas reflexiones de Rodolfo Soria: “Cuando uno piensa en el mercado del arte, y no en la producción, siempre digo que los coleccionistas tienen que sentir a la obra para poder adquirirla. Porque quien la compra está llevando a su casa un objeto donde siempre va a poder ver algo nuevo, siempre va a descubrir algo nuevo en su contemplación cotidiana: de a poco aparecen matices, texturas, formas, colores… Una obra permite llevar esa magia al hogar, haciendo posible que cada uno de sus habitantes la tenga como fuente de lectura constante, una cantera inagotable de sentidos.” Por supuesto, el arte se hace “por amor al arte” y sin embargo el artista tiene que vivir. ¿Por qué no podría hacerlo con el producto de su trabajo? Sugerencia: compren arte. No se van a arrepentir.

Hoy, la periferia se hace centro y el Ingenio Ciudad de las Artes gestionado con fervor por la escribana Beatriz Tula, nos recibe a todos los presentes estableciendo una industria (la cultural) sobre otra vieja industria (la azucarera), movimiento que cuestiona y replantea los sistemas de producción, visibilidad, legitimación, circulación, difusión y hasta la concepción ideológica y social del arte. Pero no tienen por qué estar de acuerdo conmigo. Caminen un poco por la muestra y su entorno y verán: el arte ya entró en ustedes y se irá con ustedes al salir. Eso también es política. Buenas noches.


Rodrigo Campos Alvo, 22 de agosto de 2022

(*) Palabras leídas en la apertura de la Exposición “Soria / Villafañe” en el Ingenio de las Artes, Banda del Río Salí, Tucumán.



Últimas imágenes del incendio: Tucumán 1966-2022

 



La imagen arde por la memoria, es decir que no deja de arder, incluso cuando ya no es más que ceniza.

Georges Didi-Huberman

Azúcar amargo

Las imágenes arden en llamas y nos consumen, en consonancia con la idea freudiana del malestar en la cultura. Al menos así lo afirma el filósofo francés de nuestro epígrafe. Esta concepción psicoanalítica aplicada al arte nos advierte que ni la más alta ilustración resuelve o elimina la parte oscura del ser humano. Quizás por ello resulta difícil orientarnos entre tantas imágenes sin quedar agobiado por la tarea, ya que nos echan en cara quiénes somos y de dónde venimos. Las obras plásticas que presentamos en esta ocasión combinan un valor estético, con el de documentos históricos y el de objetos de ensoñación. Es que las pinturas de Julio Villafañe y Rodolfo Soria nos ponen frente a una encrucijada, un cruce de caminos con múltiples recorridos posibles. Por ello lo mejor sería no intentar “poseer” ni “explicar” estos cuadros, sino dejar que nos interpelen. Dejar correr, escapar los sentidos, abrirse al capricho de interpretaciones con recorridos imprevisibles. Después de todo, las imágenes expuestas quedarán atrás cuando nos hayamos retirado, y sin embargo las llevaremos adentro. Como aquellas pequeñas cosas a las que cantaba un catalán, estarán acechándonos “detrás de la puerta” para regresar a nosotros renovadas, encendidas. Cual ave Fénix que nos observase desde las cenizas, las imágenes constituyen una lucha contra el paso del tiempo, una forma de resistencia frente al olvido. En la dinámica y complejidad de esta propuesta colectiva no distinguimos un estilo único ni representaciones a las que llamar “de época”. Por caso, si pusiéramos estas obras visuales a dialogar con las representaciones del azúcar en la cultura local, encontraríamos de seguro las conexiones más diversas y sugestivas. Siguiendo esa línea de indagación artística, ¿qué tiempos y representaciones se encuentran yuxtapuestos en las obras de nuestros plásticos? Hagamos un poco de historia.


"22 de agosto de 1966" Instalación de Rodolfo E. Soria

(Predio del Ex Ingenio Lastenia, Banda del Rio Salí, 2022)


¿Ardió Tucumán?

La experiencia artístico-política conocida como Tucumán arde (Rosario/Buenos Aires, 1968) fue sincrónica a su tiempo y anacrónica a la vez, porque ¿cuántos oídos y ojos hubo para esa disruptiva muestra que dejaba al descubierto aquello que los medios de comunicación masiva ocultaban? Pero vayamos más lejos aún: los obreros del surco, las creencias populares, el Tucumán-Azúcar ¿guardan actualidad como temas de elaboración artística? Para Didi-Huberman, el anacronismo es una riqueza interior a los objetos mismos, en este caso a las imágenes. Advirtamos antes que no existe concordancia entre los tiempos representados, los de la creación de la representación, y los de la contemplación del público. Por eso decimos que un muro de cincuenta y cuatro años nos separa cronológicamente… o nos une anacrónicamente, según se mire. Pero no nos moveríamos demasiado si consideramos solo lo pictórico, soslayando el espacio donde se desarrolla la muestra: el ex Ingenio Lastenia. Creemos que se insinúa una mise en abyme en el hecho de exhibir representaciones visuales de la industria azucarera (y sus vicisitudes) en un sitio que testimonia “la nostalgia de haber sido y el dolor de ya no ser”. Ya lo dijimos: la cultura vive en perpetuo malestar, y para hacer frente a esa realidad el ser humano busca satisfacciones sustitutivas, dentro de las que ubica en un lugar privilegiado a la creación artística. Por eso, la presencia de esta muestra en La Ciudad de las Artes no se trata tan solo de una contingencia, o de un homenaje a ese pasado (recordado como) glorioso. El montaje mismo constituye un acto simbólico de resistencia, al recuperar ese espacio físico y sustituir la producción agroindustrial por la producción artística. Así, el Ingenio que fuera antaño fuente de trabajo y deviniera luego en triste signo del desamparo, finalmente –en nuestros tiempos- pudo transformarse en fecundidad cultural.



Dibujos de Julio E.Villafañe. Grafito y lápices de color s/ papel.

Serie Reciente (2022)

Lo que vendrá

Una imagen que resiste señala algo con el dedo, nos interpela e invita a desplegar -o intentar explicar- lo que nos muestra: la otra historia, aquella a contrapelo que proponía hace tanto tiempo (pero de forma tan actual) el filósofo alemán Walter Benjamin. ¿Cómo procesar este inmenso y rizomático archivo de imágenes tucumanas que nos obsequian Soria y Villafañe? A través de la imaginación y el montaje. Si Didi-Huberman tiene razón y las imágenes arden, no significa por ello que vayamos a quedar hipnotizados y atraídos morbosamente por dicho resplandor. Las imágenes arden por su urgencia, su insistencia en hacernos saber que somos tanto parte del malestar como de su tramitación. Por eso mismo, no todo está perdido: los hombres sueñan, así como la tierra lo hace a su manera. Y en los sueños que trae la noche cuando la luz y la razón descansan (así lo anunció Goya), hay lugar para el placer, el goce, el encanto, pasiones que desbordan nuestra experiencia cotidiana en blanco y negro. 



Tres acrílicos sobre tela de Rodolfo E. Soria (2021)


Las imágenes de estos artistas abren caminos oníricos, y son pródigas en alegorías y asociaciones devocionales, de referencias místicas que no pueden revelarse más que en el acto individual de contemplación. Implicación performativa del espectador, que no podrá verificar las ideas previas con las que llegó, y por ello se irá probablemente con más dudas que certezas. La exégesis artística de estas últimas imágenes del incendio serán producto del encuentro con las diferencias entre lo buscado… y lo encontrado.

 

Rodrigo Campos Alvo

San Miguel de Tucumán, 28 de julio de 2022

 

(*) Texto principal para el catálogo de la exposición en el Ingenio Ciudad de las Artes, agosto de 2022



04 enero 2022

Reportaje a Rodolfo Soria: "Esas cosas que te ofrece el fuego"

Por Rodrigo Campos Alvo (*)

Foto perfil entrevistado

Rodolfo Edgardo Soria (Delfín Gallo, Tucumán, 1959) es pintor y escultor. Licenciado en Artes por la Universidad Nacional Tucumán. Desde 1985 enseña, crea y trabaja en la Ciudad de Santiago del Estero, Argentina.

Antes que de arte, hablemos del mundo. A lo largo de la historia de la humanidad han habido pestes, hambrunas, guerras, matanzas étnicas, masacres imperialistas y un sinfín de desgracias que han marcado el derrotero de pueblos, gobiernos y hasta de civilizaciones. ¿Nos animaremos, entonces, a comparar la Historia –así, con hache mayúscula- con nuestro presente pandémico o post- pandémico? No faltan apocalípticos que vean en este fenómeno el fin del mundo, al menos tal como lo conocíamos. Lo cierto es que un virus microscópico ha conmovido nuestros cimientos más seguros: salud, trabajo, familia, sociedad... Este temblor nos recuerda a cada paso nuestra vulnerabilidad humana, o aquel “estado-de-yecto” del que hablaba Martin Heidegger en su clásico volumen “Ser y tiempo”: el hombre es una existencia arrojada a una situación, la de cada uno y a la vez a una colectiva. El hombre no es una cosa más en el mundo sino que lo constituye con un significado y un valor. Y el arte es para este filósofo el gran estimulante de la vida, en la medida que la creación artística proporciona un “ser” a lo que aún no “es”. Precisamente es el artista el que sale al encuentro de las cosas del mundo, fijando en cierta medida su forma y su sentido en la obra.

Pero ¿qué es lo que el artista plasma en sus trazos? ¿Puede decirse que crea, o que re-crea la realidad? ¿Es el artista presa de emociones, como querían los románticos, que lo llevan a volcar tal o cual tema en su obra? ¿Es la forma la expresión material de un contenido abstracto? ¿Hay una autonomía de la obra respecto de su uso y circulación? Si el arte es un modo de vida, no hay contradicción -no podría haberla- entre arte y vida, y sin embargo siempre hay quien quiera considerarlo una ilusión, un simple truco de magia, imágenes producidas con el fin de falsear el mundo engañando los sentidos, tanto entre los antiguos griegos como entre los críticos del arte contemporáneo. Sin embargo, no son estas las razones que nos brinda Rodolfo Edgardo Soria, artista plástico tucumano radicado en Santiago del Estero hace casi cuarenta años. Cuando nos encontramos con este creador, nos habla de su obra, del arte y de la vida con calma pero con entusiasmo. Su voz alarga las “eses” finales con esa tonada regional que todos reconocemos, pero sus ojos no miran la tranquila costanera del Río Dulce sino que penetran en la oscuridad de los cañaverales tucumanos. Las obras expuestas en el mes de noviembre de 2021 en la Galería Runakay (Villa de Batiruana, Tucumán) nos muestran un artista en plena ebullición creativa, enlazando su pasado y presente desde lo temático y lo técnico. Así dicen “presente” en las obras expuestas el sol y la caña, los trabajadores del surco y sus hogares, rituales populares de alegría y de dolor, el cielo y la tierra, destacándose la singular presencia del fuego que pasa de ser una representación figurativa en el lienzo a ser una presencia que toca el hueso de lo Real al abrasar (sí, con “ese”) el soporte que lo contiene.

Cierto día de verano en 1913, Sigmund Freud -el creador del psicoanálisis- paseaba por el campo junto a un taciturno poeta. Este admiraba la belleza natural del entorno a la vez que se dolía de su próximo y seguro final: “el invierno venidero todo ese esplendor habrá desaparecido, como toda belleza humana y como todo lo bello y noble que el hombre haya creado y pudiera crear”.  El maestro vienés objetaba que la caducidad de la belleza no impide su disfrute ni menos aún la desestima. Por el contrario, resulta en un incremento de su valor: “Lo bello de la Naturaleza renace luego de cada destrucción invernal, y este renacimiento bien puede considerarse eterno en comparación con el plazo de nuestra propia vida. En el curso de nuestra existencia vemos agotarse para siempre la belleza del humano rostro y cuerpo, mas esta fugacidad agrega a sus encantos uno nuevo. Una flor no nos parece menos espléndida porque sus pétalos sólo estén lozanos durante una noche.” Al año siguiente, Europa se conmocionaba con el inicio de la Primera Guerra Mundial y Freud advertía con optimismo que una vez superado el duelo colectivo, el hombre “volverá a construir todo lo que la muerte ha destruido, quizá en terreno más firme y con mayor perennidad.” Algo de lo prefigurado por Freud es lo que nuestro artista viene a confirmar, como podrá ver quien acompañe con su lectura el diálogo que compartimos a continuación.


Foto Nº 1
 
 

“Misterio nocturno” o “Paisaje en una noche de invierno”

Madera quemada y acrílico (2021)

31 x 26 cm.


¿Qué historia hay detrás de la obra “Misterio nocturno” y desde cuando trabajas con madera quemada?

- Mis últimos trabajos con madera tienen un sentido especial para mí, muy fuerte. Están asociados a una pérdida que me tocó transitar este año, 2021, a partir de la muerte de mi esposa. Cuando me planteé hacerle un homenaje artístico como símbolo de nuestros treinta y seis años de vida en común, me pareció que podía tomar como protagonista el fuego, por su carácter de elemento purificador, de generador de nuevas cosas, ¿cierto? Cuando se va un ser querido siempre se abren nuevas cosas, pero adentro queda algo -¿cómo decirlo?-queda algo oscuro, algo tenebroso. Y encontré que el fuego tiene el poder de transformar ese reflejo sombrío y llevarlo más allá. Invita a una nueva parición, a la llegada de un nuevo ser, de una nueva cosecha, un nuevo vivir. Y un nuevo sentir, también, más allá que uno no se olvida jamás del ser querido. Y así fue como comencé a ver los alcances de ese hallazgo, ¿no? Lo novedoso era el hecho de conseguir extraer de una madera quemada algo diferente a cualquier obra que yo haya hecho antes, porque esta llevaba las marcas de su pasado: estaba quemada y no había vuelta atrás. Eso fue lo que encontré de valor para renovar mi trabajo: la impronta del elemento “fuego”. Mi tarea como artista fue recorrer el camino de sus huellas.

 

-A propósito de esas marcas del pasado, ¿la madera utilizada para la obra ya estaba carbonizada o fue una intervención artística?

- La historia es así: caminando cerca de una obra en construcción, encontré por casualidad una tabla de fenólico totalmente quemada. Verla así, tirada en un contenedor de desechos, me dio mucho para pensar. Lo que llamó mi atención en primer lugar fue su intensa oscuridad. Es cierto que tenía frente a mi algo seco y consumido, pero dentro de esa oscuridad yo veía asomarse una luz. Y me propuse sacarla y mostrarla al mundo. Mi primera impresión fue de admiración por la textura que dejaba -que deja- el fuego en la tabla. Al comenzar a trabajarla en el taller, me llamó la atención la poca materia pictórica que me demandaba la obra ¿me entiendes? El color aquí resultaba algo secundario, era una obra casi monocromática. Esa madera quemada significó una síntesis profunda de emociones y sensaciones que se manifestaron en ese momento. Por eso en la tabla de “Misterio nocturno” hay una representación de la luna, que contrasta con la oscuridad del cielo, ¿no? Y ese paisaje casi desolado que hay en la obra también es muy significativo. Sin darme cuenta mi mano fue trazando dos horizontes, y tres o cuatro casas delineadas apenas con acrílico blanco. Para intervenir la madera trabajé con gubia, con formón, con lija, hasta lograr lo que buscaba y que fue lo que quedó plasmado finalmente en la obra.

 



Foto Nº 2


“Misterio nocturno”

(Fragmento inferior)


- Si la primera fue una tabla encontrada por casualidad, ¿cómo te procuraste el soporte de las siguientes obras?

- Como mencioné, la primera fue una tabla recogida por ahí que ya estaba quemada. De ese material salieron dos paisajes nocturnos, uno de los cuales es la obra sobre la que estamos conversando. Pero una vez descubierta la riqueza de la técnica, comencé a investigar cómo lograr en el taller ese estado de la materia. Algo me impulsaba a ir detrás de la impronta que deja el fuego en la madera ¿sabes? Entonces pensé: ¿no podré controlar yo mismo ese fuego? Y así empezó esta nueva etapa de producción artística, que parte de la búsqueda de madera de descarte de edificios en construcción y continúa con la carbonización en forma artificial y mi trabajo en el taller. Te preguntarás: ¿por qué tablas usadas y no nuevas? Porque aunque no hayan estado quemadas, todas sin excepción llevan las marcas de uso de los obreros, los trabajadores de la construcción. Esos elementos han sido usados para levantar una casa o una vivienda -una de las tantas armaduras de protección del hombre- y finalmente fueron descartados. Es la síntesis de la mano del hombre sobre la naturaleza: ese fenólico desgastado, utilizado tantas veces y desechado luego por inútil, lleva la impronta del hombre como marcas de clavos, golpes de martillo, cortes de serrucho… esas huellas que solo el tiempo como artista puede producir. Respecto de etapas creativas anteriores, puedo decir que tanto en la temática como en el soporte de la obra hoy estoy produciendo un cruce entre los obreros de la construcción y los de la zafra, que tantas veces retraté.

 

- Hay dos elementos en “Misterio nocturno” que resultan cautivantes. El primero es el ordenamiento geométrico que nace del fenólico quemado, con sus prolijas vetas negras que se convierten en paisaje casi sin otra intervención. El segundo es el tratamiento del material con herramientas de la escultura, sin que este deje de ser un cuadro, una pintura. En ese sentido ¿cómo defines tu obra?

 - En el arte uno va descubriendo cosas en la medida de la marcha del trabajo. Y hay cosas que a uno le sirven y otras que no. Eso es natural y normal en alguien que produce obras, que pinta o que hace esculturas. Hasta ahora, yo era un artista que cuando se proponía hacer esculturas, hacía esculturas. Y que cuando quería pintar, pintaba. Pero resulta que este año me sucedió algo especial y raro, aunque muy interesante a la vez. Como dice el refrán: nada se pierde, sino que todo se transforma. Las experiencias de la vida me han ido transformando, y eso se transmitió a mi técnica y a mi obra. ¿Me entiendes? Hoy trabajo con procedimientos que fusionan pintura y escultura, y he dejado de pensar en los límites, de preocuparme en responder si lo que estoy haciendo es una u otra técnica en el sentido tradicional. Fíjate: ahora estoy quemando un bloque de palosanto y trabajando a partir de algo que veo en el fondo de ese elemento. Encontrar en la calle, por ejemplo, una chapa de zinc oxidada puede ser más bello que oxidarla en el taller. O puedo buscar transmitir esa oxidación en un papel o en un soporte de tela, ¿no?, porque el soporte original tiene una virtud, una riqueza esencial, una impronta que solo te da la acción de la naturaleza. Después de ese descubrimiento -más o menos sorpresivo- que mencioné, comencé a explorar el fenómeno del fuego tanto desde un punto de vista técnico como teórico. Lo que me interesa hoy es decir algo a partir de la materia, ya sea a través del color o de las características físicas de madera o palo quemado. Por eso digo que el material habla.

 


Foto Nº 3

“Misterio nocturno”

(Fragmento superior)


- ¿Percibes vínculos entre esta visión sobre el arte y la cultura asiática tradicional? Porque según recuerdo, Junichiro Tanizaki contaba que en Japón las marcas del paso del tiempo forman parte de la obra. En otras palabras, los orientales valoran el envejecimiento y las imperfecciones que el tiempo deposita en una obra de arte, algo que no apreciamos en occidente.

- Lo que yo pienso, lo que quiero hacer es un arte pobre y demostrar que la obra, la belleza, pueden estar también en las cosas simples y cotidianas de la vida. Y por qué no, incluso en el error. Fíjate que hay un movimiento japonés conocido como Wabi-Sabi que postula una estética en línea con lo que mencionaste. La palabra Wabi hace referencia a aquello que hace único a algo, a su particularidad, y Sabi a la serenidad que viene con la edad, el tiempo. Lo que sostiene es que el hombre, el ser humano puede encontrar la belleza en lo imperfecto, así como en las cosas más sencillas y pequeñas de la vida. Estos artistas asumen que la belleza, esa categoría que a lo largo de la historia siempre se nos escurre entre los dedos, es imperfecta, transitoria e incompleta. Y eso mismo puede decirse de mi obra también, ya que surge a partir de elementos cotidianos que fueron descartados luego de ser manipulados por el hombre. Por ser ya soportes de un contenido previo, no podría usarlos como un elemento al que se añade una materia extraña a ellos, sino que siento la necesidad de rescatar la historia que ya traen. Fíjate lo distinto que es tomar un lienzo y construir con él un bastidor, como soporte de una pintura que luego se aplica encima. Aquí es al revés: busco visibilizar la belleza que ya estaba presente en la madera, en su estructura.

 

- ¿Podrías profundizar en la idea de la belleza de lo imperfecto?

Bueno, mi obra actual precisamente busca rescatar ese “no-sé-qué” de lo imperfecto. O como dije antes: busco la belleza en la imperfección de las cosas. En esa línea de trabajo tengo obras que voy a exponer en diciembre en Casa/Estudio 22, donde el soporte que uso también es madera quemada, pero ya no por efecto del azar sino como parte de un proceso creativo. Uso la impronta del fuego en la madera como disparador de la creatividad. Si bien partí de lo que hizo el fuego en forma natural, ahora estoy empeñado en aprender a manejarlo, para hacerle decir otras cosas. Es algo medio lúdico, por supuesto, el hecho de poner una madera a arder y luego decir “¿y esto para qué me sirve, qué me dice el material?” Ahí, en ese momento de gran receptividad me doy cuenta si “la siento” o “no la siento”, y si descubro algo especial me pongo a pensar cómo seguir. Es como ir descubriendo nuevas vidas en esas cosas que te ofrece el fuego.


Foto Nº 4


Muestra colectiva en Galería Runakay

Villa Batiruana, Tucumán

Noviembre de 2021


- Hablando de fuego, más que bucear en la simbología parece que fue la simbología quien te encontró: el fuego tiene esa ambivalencia destructivo-creativa que señalabas.

-Creo que sí. Pienso en algunas fábulas como el mito griego de Prometeo, que según dicen robó el fuego a los dioses para dárselo a los humanos, y por eso fue castigado. Un ave le comía el hígado todas las noches y al otro día se regeneraba, porque el fuego era el conocimiento, la inteligencia, el arte. Hasta entonces el fuego era privilegio de los dioses. ¿Cómo lo iban a tener los humanos? Pero fíjate que la inteligencia también traía el poder de destruir que antes era privilegio de los dioses. Yo creo que ahí empieza el hombre a labrar su propio destino. Ahora, la destrucción o la construcción ya no dependían de los dioses, sino del propio ser humano. Es muy interesante. Por otro lado se considera que el fuego ha marcado el comienzo de la civilización. El fuego era algo mágico, algo indomable y terrible, como los huracanes o las inundaciones. Y de pronto nuestros antepasados comienzan a familiarizarse con él, y saliendo de la prudente distancia intenta domesticarlo y generarlo con sus propias manos. Después supongo que el hombre comienza a darse cuenta de sus múltiples utilidades: puede cocinar los alimentos a partir del fuego, le permite defenderse, le da calor en invierno… ¿Tantas cosas, no? De reverenciarlo o temerlo pasa a ser un compañero inseparable. Algo de eso es lo que yo vengo tratando de rescatar, al usar para la pintura un soporte que ya no es bidimensional sino tridimensional, contemplando la textura que aporta el fuego a la tabla.

 

-Como ya mencionaste, una de las características más relevantes de esta etapa que iniciaste es la calidad escultórica que tiene el material pictórico trabajado. ¿Cómo se pasa de trabajar en dos dimensiones a hacerlo en tres?

- Bueno, hay que marcar la diferencia entre alguien que quiere quebrar los límites de algo, como una especie de resabio de rebeldía adolescente porque se siente oprimido por ciertos “muros”, a que sea la propia materia la que solicite que no se la trate en forma apriorística, sino que se le permita manifestar su naturaleza. Y ahí yo escucho que a veces la madera que tengo en el taller dice “cavame”. Otras veces es como si pidiera “raspame para que pueda mostrarme”. Y después aparece algo único, imágenes que yo no podría repetir a voluntad ni puedo anticipar. Cuando vi mis primeras dos obras una al lado de otra me dije “capaz que forman una serie”, porque el tratamiento y la técnica no eran demasiado diferentes: madera quemada, herramientas, pintura. Pero ahora me doy cuenta que no es una serie, sino producciones singulares, únicas e irrepetibles.


 

Foto Nº 5

“El zafrero”

Madera quemada y acrílico (2021)

26 x 31 cm.


- La otra obra que mencionas tiene rasgos formales y temáticos similares, pero toma relevancia un añadido: la pintura. En cambio en “Misterio nocturno” no se ve algo añadido, sino una operación de sustracción, ese mecanismo que según Da Vinci distinguía a la escultura.

- Claro, mira qué interesante tu análisis, porque el arte también está en eso ¿viste? en que el espectador pueda involucrarse en la obra y aportar a la construcción de su significado. Cuando uno piensa en el mercado del arte, y no en la producción, siempre digo que los coleccionistas tienen que sentir a la obra para poder adquirirla. Porque quien la compra está llevando a su casa un objeto donde siempre va a poder ver algo nuevo, siempre va a descubrir algo nuevo en su contemplación cotidiana: de a poco aparecen matices, texturas, formas, colores… Una obra permite llevar esa magia al hogar, haciendo posible que cada uno de sus habitantes la tenga como fuente de lectura constante, una cantera inagotable de sentidos. Porque una obra de arte tiene que ser generadora de sentidos, ¿no? Si tiene un sentido único no es una obra de arte. Será otra cosa, propaganda quizás. Sí, las propagandas tienen que tener un único sentido. “Compre chocolate Águila”, “Vote a Pérez”. Si vos piensas en otra cosa que la que te indican ya no sirve como propaganda. El arte es todo lo contrario: tiene que hacer pensar distinto, no obligar a coincidir. Entonces el espectador se empieza a cuestionar: ¿y ahora qué quiso decir el artista?, ¿habré entendido bien?, ¿hay otra manera de ver esta obra?, ¿seré sólo yo el que la ve así?, ¿lo que veo, el artista lo hizo a propósito o será una casualidad?

 

- ¿Hacia dónde marcha esta nueva etapa creativa?

Las obras de las que hablamos son un comienzo, el inicio de una nueva búsqueda que hice pública en una muestra que organizamos con otros amigos artistas en la Galería Runakay, de Villa Batiruana. Creo que es por esta línea que avanza mi trabajo hoy en día. Como te dije anteriormente, “Misterio nocturno” es una creación muy significativa para mi desde el plano artístico y también desde lo personal. Pienso que el arte tiene que ser así: el que trabaja con seriedad deja algo suyo en la obra. En cierta forma, todos sabemos que estamos de paso en este mundo, y no queremos partir sin dejar algo que dé cuenta de nuestras marcas. Con esto no digo que todo lo que hace un artista es algo que vaya a trascender. Eso es un asunto que solo el tiempo dictamina. Pero uno se planta y dice “en mi vida artística hice esto y aquello como una representación de lo que yo pensaba y sentía en cierto período de mi historia, pero que a la vez es un reflejo de los tiempos que vivimos”. Y bueno, para mí 2021 fue un año de hallazgos. De pérdidas y de hallazgos ¿me entiendes? No sé adónde irá esto, ni cómo seguirá. Y eso es lo bueno, porque no me queda otra que responder creando.-

 

En un café del Abasto, San Miguel de Tucumán

10 de Noviembre de 2021

(*) Psicoanalista, comunicador, docente universitario

20 diciembre 2021

22 / Modelo para armar

Por Rodrigo Campos Alvo (*) 

“La filosofía no es el reflejo de una verdad previa, sino, como el arte, la realización de una verdad.”

Maurice Merleau-Ponty

“—Pero tía, es el arte moderno —dijo Lila. —No me vengas con futurismos —dijo la señora de Cinamomo—. El arte es la belleza y se acabó. Usted no me contradecirá, joven. —No, señora —dijo Polanco que gozaba como solamente un cerdo. —No es a usted que le hablo sino a ese otro joven —dijo la señora de Cinamomo—. Usted y sus compinches ya se sabe que son carne y uña con el autor de ese espanto, para qué habré venido, Dios mío.”

Julio Cortázar

La experiencia estética y el anti-ritual

La experiencia estética ha desvelado desde siempre al ser humano. ¿Qué nos sucede frente a la contemplación de la belleza? Cualquier esquema que se haya plasmado en los últimos 2500 años emplea conceptos y adjetivos tales como percepción, gusto, fascinación, asombro, así como la descripción de emociones y sentimientos provenientes de la percepción de la realidad, y sus correlatos mentales y físicos. Sería imposible en este breve espacio reseñar todas las teorías sobre el tema provenientes del campo de la filosofía, la estética, la fisiología, la psicología, y más cercano en el tiempo de la sociología del arte y del psicoanálisis. Entonces ¿cómo hablar de una muestra de arte, en diciembre de 2021, teniendo a nuestras espaldas capas y capas de significación, teorizaciones, representaciones, abstracciones muy bien expresadas y fundamentadas? Precisamente, intentando dejarlas a un lado tanto como podamos, tal como Merleau-Ponty hubiese deseado. Llevar ese proyecto fenomenológico a la práctica parece algo con pocas probabilidades de éxito, pero perdido por perdido, ¿por qué no intentarlo por esa misma razón?

Ingresamos en Casa/Estudio 22 una noche de diciembre de 2021, un viernes 17 para más precisión, en la ciudad de San Miguel de Tucumán, Tucumán, Argentina. A este espacio de arte y galería con calor de hogar nos da la bienvenida la sonrisa de Silvia Porta, anfitriona y sacerdotisa del anti-ritual al que en breve asistiremos. Quizás el lector recuerde la función ancestral de los rituales como habilitación del pasaje del mundo profano al sagrado, y una muestra artística no pocas veces ocupa ese lugar: una exhibición en una galería como sitio de consagración (o validación) artística, unas cuantas “palabras sagradas” proferidas por un sabio con que la ceremonia de apreciación estética comienza y orienta el pasaje de lo mundano hacia lo sobrenatural. Luego vendrá la contemplación de los “objetos sagrados” a los que venerar, y su incorporación en la experiencia vital de los miembros presentes de la tribu así como su reválida y/o reconocimiento como tales. No obstante, nada de eso vemos en la muestra de marras, sino que por el contrario constituye un anti-ritual del que todos los presentes formamos parte, desacralizando el espacio del arte y la cultura y trasladándose del centro (museos, centros culturales, espacios institucionales) hacia la periferia (un salón fuera de las llamadas “cuatro avenidas”). Continuemos, pues, nuestra caminata por el territorio.

A la sazón, esta muestra de Estudio 22 consiste en la exposición de obras de dos artistas plásticos tucumanos de renombre, ambos nacidos en el interior del interior. El uno: Julio Enrique Villafañe, egresado y docente de la Universidad Nacional de Tucumán, con clara inspiración en el aire y la esencia de la ciudad de Aguilares. El otro: Rodolfo Edgardo Soria, pintor y escultor nacido en Delfín Gallo, Cruz Alta, y radicado desde 1985 en Santiago del Estero. Luego de ingresar al recinto sagrado, cruzamos saludos con los creadores y nos disponemos a interactuar con las obras, pero esto no va a ser posible hasta un buen rato después. Porque se impone en primer lugar el diálogo espontáneo con amigos y conocidos que no vemos hace muchísimo tiempo, por lo que este encuentro pandémico es una revancha. Encuentro dentro de los pocos permitidos (protección mediante), donde observamos que en este ritual viene la lengua primero, el paladar después y los ojos serán colofón.

Este será el primer indicio de estar asistiendo a un anti-ritual, aunque luego vendrán otros: no hay “palabras sagradas” de apertura que orienten la experiencia estética, el espacio de observación es constantemente “invadido” por otras prácticas socializantes, tales como comer, beber, conversar y ¡bailar! ¿Es la muestra, pues, un telón de fondo para fines ajenos a ella? Para nada. Las obras son el comentario permanente, la trama sobre la cual se van hilvanando las conversaciones, el soporte metonímico que lleva a los tribalistas del pasado hacia el presente, y de allí proa al futuro: oímos al andar conversaciones sobre encuentros anteriores, digresiones sobre arte estética o política, remembranzas de amigos que ya no están, proyectos de colaboración y promesas de futuros encuentros. Todo está servido en la mesa: el buen vino, el buen pan, la buena música, las buenas compañías… Es así: el arte se percibe con los cinco sentidos. Sin haber entrado todavía en el terreno de lo plástico, podemos advertir que en este anti-ritual, Villafañe y Soria hacen arte con los presentes: los toman y dispersan sobre el lienzo de la muestra, juegan a darles forma y deshacérsela, dejan que las manchas tomen su propio significado y finalmente se alejan con la plena conciencia de que luego de haber sido finalizada, una obra de arte ya no pertenece más a su creador.

Villafañe / Soria

Desde la perspectiva que delineamos al comienzo, la experiencia estética se configura en una relación individual y social al mismo tiempo, entre un sujeto y el objeto estético de su contemplación. Dicho sea de paso, esta contemplación nada tiene de pasivo como su nombre pudiera sugerir. Así, la muestra de Soria y Villafañe tiene que ser reseñada en un aquí-y-ahora que la determinan. Una día cercano será desmontada, y cuadros y esculturas dispersadas en colecciones individuales o de vuelta al taller de los artistas. Villafañe y Soria seguirán siendo los mismos, pero sus obras habrán vivido un momento único mostrando su verdad ante quien quisiera verla. Verdad surgida del diálogo entre la obra de ambos artistas, y a su vez del diálogo con el público presente, que luego de la muestra tampoco puede ser el mismo. El artista no representa la realidad, le da forma. La trans-forma. Otro indicio de la condición anti-ritualista de Estudio 22: ¿cuántos lugares más habrá donde los espectadores intenten explicarles a los artistas el significado de sus propias creaciones? Aquí no existe la palabra santa.

Así como el entrañable Dúo Salteño usaba tensiones armónicas infrecuentes en el folclore (7mas y 9nas), Soria y Villafañe se complementan sin superponerse, generando un rico contrapunto en la forma, la paleta y los temas. Tomemos un par de ejemplos. Rodolfo Soria expone “Misterio nocturno”, una técnica mixta de 115x50 cm. trabajada sobre fenólico. ¿Qué encontramos? Una paleta monocromática ocre, con matices terrosos y amarillentos, y unas breves brevísimas pinceladas blancas. ¿La técnica? Raspado sobre fenólico quemado, esas placas de madera encolada que encontramos habitualmente en los obrajes de la industria de la construcción. Este trabajo de Soria –que podríamos denominar tríptico integrado- está compuesto por tres escenas que pueden leerse en clave de fotogramas: a la izquierda el patrón, trajeado, elegante, a la moda de –digamos- los años 40. A su lado las chimeneas del ingenio, con su característico humo blanco, el mismo blanco que teñirá en otra zona de la imagen la casa del obrero. La mirada del patrón no augura nada bueno, o en todo caso trasunta los mismos valores de aquel dicho popular “el ojo del amo engorda el ganado”… A la derecha, el obrero: anónimo, pura figura, rígido, ¿resignado? Las casas de los peones dan un poco de luz a la oscuridad propia de la escena. Y al centro, el omnipresente cañaveral, con su luna tucumana presidiendo la escena. A su alrededor, deshilachados cual sueños molidos por el trapiche, un pez, un caballo de madera, y otras tantas casas flotando rumbo al infinito.

El mismo Soria (¿o será otro Soria que habita dentro del mismo cuerpo?) trasladó su mirada zafrera de la pintura a la escultura. Bajo el título “Esperando la cosecha”, el artista monta sobre fragante madera de palosanto los mismos elementos descriptos: las viviendas obreras y la caña, símbolo del ascenso y caída del Tucumán productivo, sueño de la generación modernizadora del centenario, punto de inflexión en los sectores populares de la provincia. Una silla vacía, portentosa y desproporcionada, apunta sus ojos ciegos hacia el cañaveral / caserío. ¿Adónde se fue el patrón? ¿Adónde los trabajadores del surco? Ninguna otra presencia habita la escultura, sino el silencio del viento sobre “la nostalgia de haber sido y el dolor de ya no ser…”

En tensión contrapuntística con su compañero de muestra, Villafañe propone un carnaval de colores, figuras y formas. Dos vertientes pictóricas asoman en su obra: una abstracta y no figurativa a la manera de las figuras geométricas de Paul Klee o más cercanos en el espacio al singular Xul Solar. Otra vertiente más ligada a lo latinoamericano, llena de símbolos algunos de significación universal (el agua y el pez, la tierra y el cielo), otros que hunden sus claves interpretativas en la profundidad del artista y sus experiencias personales (anzuelos, lágrimas, corazones y palabras recortadas en collage). Tomemos un ejemplo: una obra de gran tamaño compuesta por una matriz de cuatro por cinco cuadros más pequeños, es decir un total de veinte perfiles diferentes. En cierta forma, la imagen opera a la manera de un fractal: una estructura que remite a otra trabajando en diferentes escalas. O, conceptualmente, podríamos verla como una holografía: una parte de imagen que contiene el todo, siendo el todo la obra retrospectiva del propio artista. Villafañe nos muestra en una sola toma panorámica, un largo plano-secuencia a la manera de El arca rusa: el día y la noche, estaciones y estados de ánimo, paisajes y nacionalidades, sentimientos e ideas, posicionamientos ideológicos, acciones dicciones y contradicciones. ¿Habrá sido Perón un machirulo? ¿Lo somos nosotros, aquí y ahora? ¿Estaremos siendo injustos al criticar la cultura en forma retrospectiva? Villafañe no afirma. Pregunta, interroga, incomoda. Y que el espectador haga lo suyo.

Y aquí nos despedimos (renovados, diferentes) luego de nuestro recorrido y participación en el anti-ritual propuesto por Casa/Estudio 22 y parte de su núcleo artístico, al que apenas un par de meses atrás tuvimos la oportunidad de disfrutar en otro lugar periférico (más aún, si se lo mira bien): la Galería Runakay en Batiruana, aunque ese ámbito representativo del más puro realismo mágico latinoamericano, ya será abordado en otra oportunidad.

Raco, 19 de diciembre de 2021

(*) Psicoanalista, comunicador, docente universitario



Julio Villafañe
s/t 
Técnica mixta (2020)



Rodolfo Soria
"Esperando la próxima cosecha"
Talla en madera de palosanto (2020)



Rodolfo Soria
"Misterio nocturno"
Técnica mixta (2021)